La pneumatología misiológica de Lucas

pneumatologia-en-lucas

Por: Will Graham

Partiendo de la convicción de que el Espíritu Santo constituye el motor par excellence de las misiones cristianas, queremos destacar los temas pneumatológicos que emplean los dos tomos de Lucas, a saber su Evangelio y el libro de los Hechos, para animar la obra misionera de la iglesia primitiva.

Dividiremos el cuerpo lucano en las siguientes cuatro partes: 1) El Espíritu y el Hijo; 2) El Espíritu eclesiológico; 3) El Espíritu carismático; y 4) El Espíritu profético.

1.- El Espíritu y el Hijo

En Lucas la misión del Hijo depende de la presencia del Espíritu de Dios. Lucas no solamente resalta que el Espíritu fue derramado sobre el Hijo en el Jordán, sino que revela que el Espíritu estaba involucrado en el nacimiento del Hijo de Dios. Relata Lucas 1:35: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.” Se puede apreciar, entonces, que en la teología lucana no existe una subordinación del Espíritu al Hijo. Lo que encontramos es una interdependencia. El Hijo depende del Espíritu mientras que el Espíritu depende del Hijo. Cristo existe como ser humano gracias a la intervención del Espíritu Santo.

Cristo nace por el poder del Altísimo y luego es ungido por Él públicamente antes de iniciar su ministerio público. “Y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Lucas 3:22). Como en el caso del nacimiento de Jesús, aquí percibimos una dinámica trinitaria en la economía redentora de Dios. El Padre, el Hijo y el Espíritu están todos involucrados en el progreso del camino de salvación. Además, la referencia a Isaías 42:1 nos ayuda a entender que Lucas entiende que la presencia del Espíritu en el Hijo demuestra que Él es el Siervo sufriente del Señor. Jesús de Nazaret es aquél que había de venir.

Después de la investidura del Espíritu, Jesús anuncia su famoso manifiesto misionero. “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantos de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:18-19). El Hijo entiende su misión a la luz de la venida del Espíritu Santo y de aquí en adelante su ministerio se caracterizará por la liberación (tanto espiritual como física). Aquí Lucas se distingue claramente de la cristología de Juan, el cual ve al Hijo principalmente como el Revelador del Padre. Lucas está mucho más interesado en el ministerio de liberación de Cristo. Su concepto de salvación es amplio porque alcanza hasta los marginados, los pobres, los quebrantados, los cautivos, etcétera. El Cristo lucano ofrece algo más que el perdón de pecados a nivel personal. Por el poder del Espíritu, el Hijo capacita a los hombres (y mujeres) para que se levanten de su deplorable estado socio-político. En Lucas, liberación va mucho más allá de la esfera individualista. Conlleva un mensaje holístico que toca todos los ámbitos de la sociedad humana. De allí el énfasis lucano en los pobres, mujeres, enfermos, poseídos, gentiles, o sea, en todas las personas marginadas.

En Hechos, Pedro resume el ministerio de Cristo de la siguiente manera: “Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38). Cristo libera a los oprimidos, por el poder del Espíritu. La misión de la Iglesia, entonces, tiene que ir dirigida hacia todos los cautivos. El mensaje del Evangelio es un kerigma libertador. Además, anuncia “el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas 24:48). La liberación y el perdón de pecados no constituyen dos mensajes diferentes, sino que se trata de una sola buena noticia, puesto que el pecado es algo más que personal. Tiene una connotación socio-política. Al estudiar el manifiesto misionero de Cristo, Hanks ha escrito fervientemente,

A veces se oye hablar de cristianos que discuten entre sí: unos quieren proclamar un evangelio de ‘liberación’ socio-política a los pobres; otros quieren ofrecer el ‘perdón’ de pecados a los ricos. Pero Jesús no nos permite ese lujo de dos evangelios uno para los pobres y otro para los ricos. Anuncia un evangelio de ‘liberación-perdón’ que es la Buena Noticia para los pobres. Por supuesto esta buena noticia para el pobre se puede entender como ‘mala noticia’ para el rico que tiene que arrepentirse de sus prácticas opresoras, compartir sus bienes y comprometerse con los pobres. El evangelio llega a ser ‘buena noticia’ para el rico solo en el sentido de que ofrece el perdón y una vida nueva al opresor genuinamente arrepentido. Lucas 4:18-19 hace imposible que eliminemos la dimensión socio-política del evangelio, al igual que Lucas 24:46-47 hace imposible que reduzcamos el evangelio a un plano puramente horizontal, eliminando el perdón de pecados.[1]

No es por casualidad, entonces, que el relato de Zaqueo aparezca en Lucas. Jesús anunció que la salvación había llegado a su casa gracias al arrepentimiento tan radical del opresor: “La mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado” (Lucas 19:8). El Cristo pneumatológico no solamente pregona libertad, sino que la concede. El Hijo da libertad. Bendice a los pobres y libera a los ricos de sí mismos. En esto consiste la gloria del Evangelio. La misión de Cristo significa libertad de todo tipo de esclavitud.

El Espíritu, sin embargo, quiere hacer algo más que restaurar justicia a la tierra de Israel. El impulso del Evangelio de Lucas proviene de una pasión misionera a fin de que la liberación de Dios llegue a los gentiles. Así “verá toda la carne la salvación de Dios” (Lucas 3:6). Lucas (gentil), escribiendo a Teófilo (otro gentil o- como suponen algunos- una comunidad de gentiles), quería resaltar que el motor misiológico del Espíritu procura moverse libremente “hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8). De allí las menciones de la mujer en Sarepta de Sidón y Naamán el sirio en su manifiesto misionero (Lucas 4:26-27). Puesto que en Lucas la genealogía de Cristo se remonta hasta Adán (y no solamente hasta Abraham), el Espíritu tiene una misión de justicia socio-política que llevar a cabo a nivel cósmico y universal. El Espíritu Santo es más grande que la nación de Israel. El mundo entero está en sus manos.

2.- El Espíritu eclesiológico

Después de la muerte, resurrección y ascensión de Cristo, el Hijo derramó el Espíritu Santo sobre sus seguidores a fin de constituirles en pueblo suyo. En el relato lucano, la Iglesia nació en el día de Pentecostés. O como lo ha expresado tan hábilmente Moltmann, la Iglesia nació hablando en lenguas.[2] Este nacimiento es análogo al nacimiento de Jesús. En ambos casos, el Espíritu es el que da vida. El Espíritu que descendió sobre el vientre de María ahora se mueve en el aposento alto. El Espíritu que invistió a Cristo de poder de lo alto en el Jordán para capacitarle ministerialmente, ahora desciende sobre los 120 con el mismo propósito. El Espíritu es dado para que los discípulos sean testigos de Cristo. De hecho, en términos lucanos, el vocablo “testigo” es el término misionero primordial. Puesto que Israel no ha cumplido con su misión registrada en Isaías 43:10- “Vosotros sois mis testigos”- Cristo exige que su pueblo la ponga por obra. Gracias a este trasfondo teológico, entendemos que Jesús es mucho más que un mero hombre. ¿Quién es éste de quién tenemos que dar testimonio? ¿Acaso no se coloca en el lugar del Dios de Israel?

Hechos, claro está, es el libro misiológico más significativo del Nuevo Testamento. Después de recibir la llenura del Espíritu en Jerusalén, Pedro se pone a predicar sobre la grandeza de Jesús e inmediatamente, “se añadieron aquel día como tres mil personas” (Hechos 2:41). En el Pentecostés, Pedro se convirtió en un testigo de Cristo. A lo largo del libro, es fácil ver que los seguidores de Cristo continúan el ministerio del Hijo en la tierra. Se rompen las barreras socio-económicas ya que “todos lo que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (Hechos 2:44-45). Entre otras cosas, los creyentes primitivos sanaban a los enfermos, resucitaban a los muertos, echaban fuera demonios, se preocupaban por el bienestar de las viudas, proclamaban la venida del Reino de Dios. De esta forma holística, daban a conocer algo del poder salvador de Cristo. La Iglesia, por consiguiente, fue un reflejo vivo de Cristo en la tierra. Así como el Hijo se caracterizó por ser libertador en Lucas, también la Iglesia manifiesta la misma realidad en Hechos. El Espíritu Santo- que obra en Cristo y en su Iglesia- fomenta libertad en todos los sentidos. La eclesiología lucana se deriva enteramente de su cristología. En Hechos, la Iglesia llega a unirse al manifiesto misionero del Cristo libertador por medio del Espíritu. Se convierte en una Iglesia cruciforme que sigue las pisadas del maestro, sometida a la voluntad del Espíritu. La Iglesia que fue liberada para congregarse en el nombre de la libertad divina es llamada a sembrar esta misma libertad por las naciones.

Otro tema pneumatológico importante para Lucas es el liderazgo. El Espíritu levanta a varios siervos para que ministren al pueblo de Dios. En Hechos, por ejemplo, empezamos a ver una especie de “jerarquía” (en el buen sentido de la palabra) estableciéndose por primera vez entre la comunidad creyente, a saber, apóstoles, ancianos, diáconos y creyentes. No obstante, lo interesante es que los líderes de la Iglesia son personas comunes y corrientes que han sido transformadas por el poder del Espíritu. Simón Pedro, como bien sabemos, era un simple pescador. Cuando la Iglesia de Jerusalén necesitaba  diáconos, dijeron los doce, “Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo” (Hechos 6:3). No eran fariseos ni doctores de la ley, sino personas normales llenas del Espíritu libertador de Cristo. Se trata del cumplimiento del manifiesto misionero del Mesías. En nuestro pensamiento misiológico, esto es importante porque nos conduce a ver que los pobres deberían ocupar un lugar de importancia en el seno de la contracultura de la Iglesia. Forcano opina que el manifiesto misionero de Cristo tiene implicaciones radicales para el liderazgo y la estructura de la Iglesia:

Consiguientemente, si los pobres ocupan esta importancia en el cristianismo se entiende que a la Iglesia se la pueda llamar con toda propiedad Iglesia de los pobres. Son ellos los que deben darle orientación fundamental a su estructura, a su jerarquía, a sus enseñanzas y a su pastoral. Y si la Iglesia está subordinada al Reino, debe estarlo también a los pobres. Los caminos de los pobres y los de Dios van unidos en este mundo. La Iglesia, por tanto, debe estar allí donde están los pobres, no donde está la riqueza. Lo cual quiere decir que debe estar donde estuvo su Fundador, es decir, en el lugar social de los pobres.[3]

El Espíritu Santo, entonces, comparte la “opción preferencial por los pobres” (Gutiérrez) y procura incorporarlos dentro de la propia dirección de la Iglesia. Ennoblece su voz y les devuelve su dignidad. En términos paulinos, la Iglesia recibe y exalta “lo que no es” para confundir “lo que es” (1 Corintios 1:28). En gran parte, la Iglesia primitiva fue una sociedad pobre y marginada. Por lo tanto, gracias a su obra en la Iglesia, el Espíritu constituye una nueva forma de hacer sociología. Observamos que crea una comunidad justa, amorosa y compasiva donde fluyen los valores del Reino de Dios.

En suma, la clave para interpretar la eclesiología tan dinámica y misionera de Lucas es a la luz del ministerio del Cristo pneumatológico. La misión de la Iglesia, por ende, tiene que ser una misión enfocada en la libertad que el Hijo procuró promover en la tierra. “Recibir el Espíritu, tenerlo, vivir en Espíritu significa ser libertado y poder vivir en libertad” (Barth).[4]

3.- El Espíritu carismático

En el ministerio de Cristo y su Iglesia, Lucas subraya que el Espíritu Santo permanece con los escogidos de Dios. En vez de hablar de la investidura temporal que venía sobre ciertos líderes del pueblo de Dios en la historia de Israel, el libro de los Hechos acentúa que el Mesías y la comunidad creyente disfrutan de la presencia continua del Espíritu de Dios. Todos los capítulos de los dos tomos lucanos son pneumatológicos. Por medio del arrepentimiento, la fe en Cristo, el bautismo, el partimiento del pan, las oraciones y la comunión, el Espíritu Santo se hace presente de una forma intensa entre los creyentes. La unidad entre el Padre y el Hijo (Lucas 10:22) es palpable y visible en la Iglesia mediante el Espíritu. En los primeros cinco capítulos de Hechos, Lucas recalca cinco veces que estaban todo los hermanos unánimes (1:14; 2:1, 24; 4:24; 5:12). El Espíritu que permanece une a la Iglesia.

Gracias a esta presencia permanente, Jesús y la Iglesia reciben poderes carismáticos del Espíritu para llevar a cabo su misión en el mundo. Los poderes del mundo venidero se experimentan por la gracia del Espíritu.[5] En el Evangelio, Cristo es predominantemente el hombre del Espíritu. La frase de Barth se aplica perfectamente a la teología de Lucas, “Es imposible separar al Espíritu y a Jesucristo”.[6] Cristo nace por el Espíritu, es ungido por el Espíritu y es guiado por el Espíritu. “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto” (Lucas 4:1). Y de nuevo, “Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor” (4:14). Alaba al Padre, regocijándose en el Espíritu (10:21) y echa fuera demonios por el “dedo de Dios” [esto es, por el Espíritu] (11:20). Según Lucas, es imposible pensar en un Cristo no pneumatológico. Debido a los carismas pneumatológicos, Cristo es capaz de curar a los hidrópicos, limpiar a los leprosos, conceder una pesca milagrosa, hablar con sabiduría y espontaneidad divinas, resucitar al hijo de la viuda de Naín, desatar las ligaduras de Satanás e incluso sanar la oreja derecha de un siervo del sumo sacerdote. Quizá el evento carismático más llamativo de todos sea cuando Cristo combina el perdón de pecados con la sanidad física del hombre paralítico. “¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. Al instante, levantándose en presencia de ellos, y tomando el lecho en que estaba acostado, se fue a su casa, glorificando a Dios” (5:23-25). Este pasaje es tan importante porque ejemplifica la misión integral de Cristo. La liberación del alma y la liberación del cuerpo no se pueden separar.

Los mismos carismas del Espíritu se manifiestan en Hechos. Como en el caso de Cristo, la Iglesia nace del Espíritu, es ungida por el Espíritu y se deja guiar por la voz del Espíritu. El Espíritu Santo se convierte en su director de misiones. Se nota visiblemente que el Espíritu obra a través de su Iglesia. Los creyentes siguen realizando proezas, maravillas y milagros por el poder del Espíritu carismático. La presencia del Espíritu es visible, palpable y tangible entre ellos. Pedro cura a un hombre cojo en el templo; Ananías y Safira perecen; “por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios” (5:12); Eneas- el paralítico- es sanado; Dorcas resucita de la muerte; el rey Herodes “expira” comido de gusanos; y Elimas se queda ciego. Luego el apóstol Pablo sana a un hombre cojo de nacimiento, echa fuera demonios, hace “milagros extraordinarios” (19:11), resucita a Eutico y cura al padre de Publio en Malta. Es una repetición de lo que vemos en el Evangelio de Lucas. La Iglesia carismática lleva a cabo el ministerio del Cristo carismático. Stronstad sintetiza los datos bien cuando escribe que, “El testimonio del Evangelio según San Lucas es que mediante la capacitación del Espíritu Santo Jesús fue un carismático. De un modo parecido, el testimonio de los Hechos de los Apóstoles es que los discípulos fueron una comunidad carismática. Así, en la teología de Lucas la Iglesia es carismática.”[7]

Con todas estas manifestaciones carismáticas, nos damos cuenta de algo importante, esto es, que el testimonio de la Iglesia va más allá de la esfera religiosa. En vez de centrarse en las cuatro paredes de la sinagoga, la Iglesia es llamada a estar activamente involucrada en el mundo real trayendo sanidad y el perdón de pecados. La mayoría de los milagros suceden ahí fuera. El significado de los carismas “se extiende más allá de la sala de oración y el culto de adoración a un mundo que necesita oír una voz profética conjuntamente con la demostración del poder del Espíritu.”[8] Si el Cristo lucano es el Cristo “para los demás”, entonces la Iglesia tiene que llegar a ser la Iglesia “para los demás.”[9] No basta una religión de domingos. El lugar correcto para la Iglesia carismática es todo el mundo. “El mundo es mi parroquia” (Juan Wesley). Una fe privada e individualista es una negación abierta del Espíritu carismático. Tal cristianismo tan artificial no es digno de ser seguido. La fe cristiana de los Hechos confiesa a Cristo públicamente.

Nuestra misiología, pues, tendrá que estar abierta a los sorpresas que el Espíritu carismático de Dios quiere regalarnos. Además, tendremos que estar activamente involucrados en el sector público con el fin de dar testimonio del Cristo que tanto amamos.

4.- El Espíritu profético

La frase favorita de Justino Mártir constituye un resumen meticuloso de la pneumatología lucana. Justino habló mucho del “Espíritu profético” o el “Espíritu de profecía”. En Lucas, el Espíritu cristológico, eclesiológico y carismático es esencialmente el Espíritu profético.

De las sesenta y nueve referencias al Espíritu Santo en los dos tomos lucanos, casi todas ellas se pueden agrupar en uno de estos dos segmentos: 1) servicio a Dios, o 2) inspiración verbal. Lo que nos interesa es la segunda sección, a saber, la inspiración verbal. En el día de Pentecostés evidenciamos una manifestación profética de glosolalía por medio de la cual los 120 anuncian la gloria de Dios.[10] Sin embargo, antes de llegar a Hechos 2, Lucas ya lo deja bien claro que el Espíritu de Dios es sinónimo con la inspiración verbal. El evangelio de Lucas relata que el Espíritu de Dios vino sobre seis individuos concretos, y todos ellos respondieron con palabras proféticas. Los seis son María (la madre de Jesús), Elisabet, Zacarías, Juan el Bautista, Simeón y Jesús. Por consiguiente, es natural que el derramamiento del Espíritu en el aposento alto sea caracterizado por inspiración verbal. En el sermón inicial que marcó el nacimiento de la Iglesia, Pedro apela a un texto carismático de Joel para explicar los fenómenos tan extraños que habían confundido a los judíos reunidos en Jerusalén. “¿Qué quiere decir esto?” preguntaron los de la dispersión a los discípulos. Pedro contesta en términos bien claros, “Esto es lo dicho por el profeta Joel” (Hechos 2:16). La elección de este texto de Joel 2 es significativa porque Pedro no cita los pasajes de renovación espiritual interna que se mencionan en los escritos de Isaías, Ezequiel y Jeremías, sino que emplea un pasaje carismático que revela que, “Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán” (2:17). Por medio de esta investidura de poder de lo alto, la Iglesia se convierte en profeta de Dios. La inspiración verbal es fundamental para el pueblo de Dios. El caso de Pentecostés es paradigmático para lo que sucederá más adelante en Samaria, Cesárea y Éfeso. El Espíritu es dado poderosamente con una señal audible. Los recipientes del don empiezan a profetizar, alabar y hablar en otras lenguas.

Con el carisma de la glosolalía, la Iglesia empieza a hablar en lenguas universales. Ya no es posible vivir con una mentalidad centrada en el bienestar de Jerusalén. La Iglesia tiene que captar la visión de una Iglesia mundial, internacional y de proporciones cósmicas. ¿Qué conlleva esto? Respuesta: conlleva tener en cuenta que incluso los gentiles son pueblo de Dios. El Concilio de Jerusalén es el evento central de los Hechos (capítulo 15). De una forma asombrosa, Dios da la bienvenida a los que no son israelitas. Por lo tanto, una mentalidad localista y etnocéntrica no tiene nada que ver con las Buenas Nuevas de Cristo.

En vez de uniformidad, la Iglesia nacida en el Pentecostés celebra unidad en diversidad. No pocos comentaristas han entendido que el Pentecostés representa la inversión lucana de la torre de Babel (Génesis 11). En palabras de uno de ellos, el pentecostal Macchia,

Mientras que Babel dispersó gente al extranjero en desacuerdo una con la otra, el Pentecostés dispersó la gente al extranjero para predicar el evangelio de la reconciliación. […] Génesis 11 no es principalmente acerca del origen de los diversos idiomas sino más bien acerca de la condenación y derrota de la arrogancia imperial y la dominación universal representada por la unidad uniforme de Babilonia. Si la Iglesia será la señal de la gracia en un mundo sin gracia, debe representar una comunidad contracultural que socialice gente en un idioma y una red relacional dominada por la gracia y la comunión.[11]

El Espíritu profético está estrechamente ligado con la proclamación de Cristo como Salvador del mundo. Por medio de su obra redentora, el Hijo unifica a los que antes estaban divididos. La cita de Macchia enseña que el Cristo lucano sana divisiones raciales y sociológicas. ¿No es significativo que el derramamiento del Espíritu en la Calle Azuza (Los Ángeles) a principios del siglo XX haya unido a los negros y a los blancos en un mismo Espíritu? En una sociedad tan marcada por las leyes discriminatorias de Jim Crow, el Espíritu profético de Dios venció a la segregación racial para que todos fueran uno en Cristo. William Seymour- el líder del avivamiento- no solamente era un predicador metodista negro, sino que dio la bienvenida a todos: hombres y mujeres, ricos y pobres, blancos y negros, ancianos y jóvenes, americanos y extranjeros. Es decir, lo que sucedió en la Calle Azuza fue un verdadero Pentecostés.

El Espíritu profético es clave para avanzar nuestra misiología. Primero, nos enseña que las misiones actuales tienen que estar motivadas por razones cristológicas. Jesús es nuestra confesión. El Espíritu profético en Lucas es aquél que da testimonio de Cristo. “Cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo (…) me seréis testigos” (Hechos 1:8). Segundo, la inspiración verbal quiere decir que todos los miembros de la Iglesia tienen algo importante que decir y contribuir para el avance del Reino de Dios en el mundo. Gracias al derramamiento del Espíritu profético, todos los discípulos se hacen misioneros. Su voz es un testimonio vivo de la gloria de Dios. Dios no solamente habla en lenguas griegas, romanas y hebreas- sino en todos los idiomas del mundo (incluso los menospreciados). Tercero, la Iglesia tiene que caracterizarse por ser un organismo internacional. La Iglesia es más que nacional. Su alcance ha de ser universal. Por esta razón, la misionología de hoy tiene que ver a la Iglesia como el pueblo peregrino de Dios y no tanto como un edificio o como una estructura eclesiástica. Es un cuerpo dinámico constituido por el Espíritu que destruye todas las barreras socio-nacionales.

 

will-grahamSobre el autor: 

Casado con Agota, Will Graham sirve como predicador itinerante en España y es profesor de Pneumatología, Apologética y Teología contemporánea en la Facultad de Teología (La Carlota, Córdoba). Escribe semanalmente en sus blogs ‘Fresh Breeze’ en Evangelical Focus y ‘Brisa fresca’ en Protestante Digital además de colaborar con ‘Coalición por el Evangelio’ y ‘Notas diarias’.

 

[1] HANKS, Tomás, Opresión, pobreza y liberación: reflexiones bíblicas (Miami: Caribe, 1982), p. 165.

[2] MOLTMANN, Jürgen, Spirit of Life: a universal affirmation (SCM: London, 1999), p. 185.

[3] FORCANO, Benjamín, La teología de la liberación frente a la crisis de la globalización neoliberal en CERVANTES, Cristóbal (ed.), Espiritualidad y política (Kairós: Barcelona, 2011), p. 52.

[4] BARTH, Karl, Dogmatics in Outline (SCM: London, 2001), p. 129.

[5] Con ‘carismático’ me refiero a las evidencias externas, visibles, audibles, etc. de la obra del Espíritu.

[6] BARTH, Ibíd., p. 130.

[7] STRONSTAD, Roger, La teología carismática de Lucas (Vida: Miami, 1994), p. 114.

[8] Ibíd., p. 115.

[9] BONHOEFFER, Dietrich, Letters and Papers from Prison (Touchstone: Nueva York: 1997), p. 382.

[10] La profecía, claro está, se trata de anunciar a Dios en el mundo.

[11] MACCHIA, Frank, Bautizado en el Espíritu: una teología pentecostal global (Vida: Miami, 2008), pp. 214, 215.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

CERRAR