LAS SUPERSTICIONES EVANGÉLICAS

Por: Ángel Bea

Cuando la ignorancia es la que domina la mente de los seres humanos, entonces también surgen muchas supersticiones. Y mucho más, cuando desde el poder religioso, se alientan para sacar partido de ellas. Los que han leído algo de historia de la Iglesia saben que eso es así. Los reformadores protestantes tuvieron que luchar para erradicar muchas supersticiones del pueblo y a través del conocimiento de las Sagradas Escrituras conocer el Evangelio de la gracia de Dios, y que fueran libres de toda superstición. La superstición es una forma de idolatría, pues es la creencia de que algo por sí mismo tiene poder para traer algún tipo de bendición, sea que nos guarde de un peligro, nos imparta una sanidad, nos ayude a encontrar algo que hemos perdido o pretender, que a través de “eso” en lo cual confiamos nos acercará más a Dios. Pero nada de eso es verdad.

Las supersticiones fueron naciendo en la Iglesia a medida que las Sagradas Escrituras fueron dejadas de lado. Al no conocer al verdadero Dios, las personas inventaron formas para poder obtener su bendición, o la bendición de un santo o una santa a la cual veneraban. El reformador Calvino relata en sus Instituciones que en su tiempo había tantos pedazos de la cruz donde supuestamente fue crucificado el Señor Jesús, que de todos ellos podrían construirse muchas cruces. Por otra parte, era importante que cuando se construía una catedral, que ella albergara alguna reliquia significativa. De esa manera, atraería a muchos peregrinos que llegarían de todas partes. La reliquia podría ser el brazo supuestamente incorrupto de un santo famoso, o los huesos de la mano de otro santo. Lógicamente, las peregrinaciones llevaban no poca ganancia a las autoridades que regentaban aquellos templos y que enseñaban que aquello tenía algún valor para las gentes que veneraban las reliquias. Nada nuevo. Religión y negocio muchas veces han ido de la mano. Poner ejemplos sobre distintas supersticiones de carácter religioso daría para un libro muy voluminoso pero lo dejamos para quien quiera abordar el tema.

Pero el asunto es que muchos que se hace llamar “evangélicos” que se permiten criticar duramente a la religión Católica Romana, luego ellos mismos caen en cosas que por mucho que pretendan tener base en las Escrituras, no dejan de ser meras supersticiones. Mencionaré algunas solamente:

1.- Traer agua del río Jordán, donde fue bautizado Jesús. Llenar botecitos de dicha agua y previa “unción” por parte de algún “apóstol” famoso, ofrecerlas para que “por medio de la fe “en ese líquido elemento “ungido” puedan recibir sanidad. Eso sí, después de haber recibido previamente “una ofrenda para el ministerio” de unos 10 euros.

2.- Orar por las sillas del local de las iglesias, “ungiéndolas” (¡las sillas!) para que el que se siente en ellas, pueda recibir al Señor, una vez que oiga el Evangelio. Si es que es el Evangelio lo que oyen y no otra cosa. Esa silla tendrá “algo especial” que influirá en la persona para que tenga fe.

3.- Querer ser rebautizados en el río Jordán, por el hecho de ser el río que está en Israel y en el cual fue bautizado Jesús. Uno se pregunta si es que el bautismo de estos creyentes no fue válido cuando se produjo en “otras aguas” menos “santas”.

4.- Abrir la Biblia y esperar que Dios le hable a uno, en el primer versículo sobre el cual se posen sus ojos o el dedo; y eso, como método. Los resultados, en muchos casos resultaron asombrosos.

5.- Usar textos bíblicos sacados de su contexto para ser guardados de algún mal. En días como los que estamos viviendo, ha sido relativamente frecuente por algunos, el usar Salmo 91:5, 6, donde dice que “el que habita al abrigo del Altísimo… no temerá… ni pestilencia que ande en la oscuridad, ni mortandad que en medio de ti destruya”. En este caso, por el coronavirus. Creer eso pasando por encima de las recomendaciones de las autoridades gubernamentales y sanitarias, además de usar la Biblia de forma supersticiosa es más que insensato, temerario e imprudente. De eso nos habla mucho el libro de Proverbios. ¡Eso no es tener mucha fe! Es gran superstición que de seguirla suele traer descalabros serios a la verdadera fe.

6.- “Invocar la sangre de Cristo” cuando un creyente (más penoso todavía, un pastor) entra en un herbolario donde, según el que así procede, “las estanterías están llenas de literatura y otras cosas relacionadas con la nueva era”. “Así -dicen- seremos guardados de malos espíritus que allí habitan”. Hay que advertir, seriamente, que la sangre de Jesús fue vertida con otro propósito y nunca encontraremos algo semejante en el Nuevo Testamento a lo señalado antes. El creyente no debería estar condicionado por el temor, incluso aunque tuviera que entrar en una librería de carácter satánico. Por otra parte, ante lo que puede considerarse que no es verdad, la victoria siempre es de carácter intelectual, no espiritual. La victoria espiritual está implícita en la intelectual. Me protege el conocer la Verdad, que es Cristo y sus enseñanzas, allí donde esté, entre o salga, no ese tipo de actuaciones mencionadas.

7.- Pintar los marcos de las puertas con alguna sustancia de color rojo, simbolizando la sangre de Cristo, con la idea de que “la plaga (el coronavirus) no entre en mi casa” rememorando la última plaga de Egipto. Volvemos a lo mismo que en el punto 6. Ni aquello que ocurrió en Egipto tiene nada que ver con esto, ni tampoco por mucho que nosotros digamos, una y mil veces, que simboliza la sangre de Cristo. Eso es superstición manifiesta y nada más.

8.- Enviar fotos, vídeos u oraciones, en forma de cadena, con la clásica petición de: “Por favor no rompas la cadena, porque de otra forma se cortará la bendición” y tú serás el primer perjudicado. ¿Cómo puedes instar a una persona a que haga lo que tú quieras con la “amenaza” velada de que no va a ser bendecido e incluso, en algunos casos, recibir algún tipo de mal? Pura superstición de la cual no hay que hacer ningún caso.

Así podríamos seguir y no acabaríamos sin llenar bastantes folios. Pero baste estos botones de muestra de lo que son supersticiones con las cuales los verdaderos cristianos nada tendríamos que ver. Todo eso se da por una falta de conocimiento acerca de lo que enseñan las Escrituras sobre la verdadera fe. Fe que surge de la Palabra predicada con poder, que se alimenta de la Palabra por la fe y que se guía por la Palabra por la fe y el sentido común santificado, de lo cual tanto falta por doquier, a pesar de que tenemos tantas biblias.

En estos días de confinamiento por causa del coronavirus, mucho más que nunca, los cristianos tenemos que estar agradecidos, tanto por la Biblia que nos indica, entre otras cosas a amar a Dios y al prójimo, como por la ciencia (la verdadera ciencia, que también la hay falsa) dado que el ser humano creado a imagen de Dios, también recibió la capacidad para investigar y descubrir la forma de evitar o paliar el sufrimiento en la humanidad. La Historia nos da lecciones extraordinarios en este sentido. Por ambas cosas damos gracias Dios y oramos para recibir conocimiento y sabiduría; y cuanto más conocimiento y más sabiduría adquiramos, menos supersticiones se darán en el pueblo de Dios.

 

Sobre el autor:

Ángel Bea Espinosa nació en Fuensanta de Martos (Jaén) pero se crió en Córdoba. A los 21 años (final de 1966) entregó su vida al Señor Jesucristo, después de experimentar por largo tiempo una gran necesidad espiritual y a pesar de que era bastante religioso.  Después de una experiencia de 15 años de vida de iglesia y ministerio en la misma, fue encomendado al ministerio pastoral en 1982, con el reconocimiento de los pastores de la ciudad de Córdoba (España). Su formación ha sido autodidacta hasta que, en 2004 comenzó estudios a distancia con UNIVERSIDAD ICI Global en España, graduándose en Biblia y Teología en 2010, celebrando la ceremonia de graduación en el CSTAD (Centro Superior de Teología de las Asambleas de Dios de España).
Ángel Bea es pastor presidente de la Iglesia Evangélica Betesda de Córdoba. También es profesor del CSTAD, donde dicta la asignatura de bibliología a los estudiantes de primero. Está casado con Mª. Dolores Jiménez Vargas. Ambos tienen tres hijas y dos hijos.

Sobre la imagen de portada: Imagen de Robin Higgins de Pixabay 

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