La Lucha de Jacob con el Ángel de Yawéh

Por: Ángel Bea.

“Y Jacob se quedó solo, y un varón estuvo luchando con él hasta rayar el alba. Pero viendo que no podía con él, le atacó el encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras luchaba con él. Entonces dijo: Déjame, que raya el alba. Y él le dijo: No te dejaré, si no me bendices. Y él le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y dijo: Ya no se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel, porque has luchado con ‘Elohim y con los hombres y has vencido. Entonces Jacob le preguntó, y dijo: Te ruego que me declares tu nombre. Y él respondió: ¿Por qué me preguntas por mi nombre? Y lo bendijo allí. Y llamó el nombre de aquel lugar: Peni-‘El, porque dijo: Vi a ‘Elohim cara a cara, y aun así fue librada mi vida. Y cuando hubo pasado Peni’El, salió el sol, y cojeaba por causa del muslo…” (Gé. 22-31. Versión BTX 1999)

Estamos ante un pasaje que no hay comentarista bíblico que no lo considere un tanto misterioso. Misterioso por la identidad de ese personaje a quien se identifica como “varón” (V. 34) y que, posteriormente Jacob le identifica con Dios mismo (V. 30); Misterioso, por el carácter y la naturaleza de la lucha que mantiene con Jacob y las consecuencias que se derivan de la misma; y, misterioso por ese intercambio de preguntas que se hacen el uno al otro y cuyas respuestas podemos inferir, pero no acabamos de conocer de manera completa, aunque sí suficiente.

Situando el pasaje en su debido contexto

Los que hemos leído la historia de Jacob, sabemos como hacía 20 años, el había engañado miserablemente a Isaac, su padre, aprovechando su ceguera y haciéndose pasar por Esaú, su hermano mayor con la idea de robarle la bendición que le correspondía como primogénito. Luego, cuando llegó Esaú para recibir la bendición de parte de su padre, éste se sobrecogió y le dijo lo que había pasado. Esaú montó en cólera contra su hermano y juró que cuando su padre muriera, mataría a Jacob. Rebeca, su madre, lo oye y aconseja a su hijo Jacob que huya a casa de Labán, hermano de Rebeca con el pretexto de buscar esposa de entre sus parientes. Jacob se marcha y pone distancia entre su hermano y él, de unos 600 kilómetros (Gé. 27)

Habían pasado 20 años y ha llegado la hora de volver a casa. Jacob no solo ha formado una gran familia, sino que ha prosperado mucho y es dueño de una gran cantidad de ganado. También tiene criados que le ayudan en todo el trabajo. A medida que se acerca a su tierra, Jacob envía mensajeros a su hermano Esaú para informarle de su vuelta y cuánto ha conseguido todo el tiempo que estuvo fuera. Los mensajeros volvieron y le informaron de que su hermano Esaú venía con un ejército de unos 400 hombres a su encuentro. (Gé. 32.1-6). Entonces, “Jacob tuvo gran temor y se angustió mucho”. Él elabora unas estrategias mezcla de fe y de sentido práctico: Divide su pueblo en dos campamentos (Gé. 32.7-8). Angustiado como estaba se dirige a Dios en oración y ruego para que le libre de su hermano, pues cree que él viene a matarlo para cumplir así el juramento que había hecho hacía 20 años (32.9-12). Orando con intensidad, Jacob recuerda a Yawéh el pacto que había hecho con su abuelo Abrahán y la promesa divina de hacer un gran pueblo con su descendencia. Entonces no tendría sentido alguno si él y su familia morían a manos de su hermano Esaú. Jacob está centrándolo todo en conseguir la bendición de Dios a efectos de salvar su vida y todo cuanto tenía (32.11). No es que eso estuviera mal. Hemos de orar por nosotros y nuestros familiares para que seamos librados de todo mal. Pero Dios quiere ir mucho más allá y la lucha con el ángel y sus consecuencias, nos informarán de ello.

Luego, Jacob se anticipa y de todo cuanto tenía forma grupos del ganado para enviárselos a su hermano como regalos buscando con todo ello su aceptación, al momento de su encuentro con él (Gé. 32.14-21).

En ese contexto descrito, una vez que Jacob pasa a su extensa familia y a los ganados el vado de Jaboc, “se quedó solo” y tuvo lugar “la lucha con el “varón” (32.24) Era una “lucha” que tenía que “pelear” solo. Como nosotros. No podemos escondernos entre la multitud de la comunidad. Dios nos conoce a cada uno y cada una en particular, y más pronto que tarde es necesario “experimentar” a Dios de una forma personal. Esto no nos hará más individualistas, sino más amantes y dependientes de Dios, de la comunidad y, consecuentemente, más capacitados para ser de bendición para ella.

Llega un momento en la “lucha” que aquel varón le dice a Jacob que le suelte. No quiere que amanezca el día sin que aquella lucha terminara. Pero Jacob está aferrado a él y no le suelta. Entonces, aquel varón toca el encaje de su muslo y se descoyunta. Con todo, Jacob no le suelta y ante la insistencia del varón para que le deje, Jacob le responde: “No te dejaré si no me bendices” (V.26). En la mente de Jacob está la idea de que la bendición era “ser guardado de su hermano” como hemos visto. Seguramente esperaba recibir de parte del varón la promesa de que sería guardado del peligro que suponía para él, su hermano Esaú. En cambio, el varón le hace una pregunta a Jacob: “¿Cuál es tu nombre?. Y él respondió: Jacob” (V.27)

¿Por qué le hace esa pregunta? ¿Acaso no sabía el varón su nombre desde que nació? Sí, y también sabía que su nombre significaba, “el que suplanta” “engañador” (Gé. 27.36) [i]

De la breve conversación entre el varón misterioso (“el ángel de Yawéh”) y Jacob se desprende que la pregunta que le hace el varón es intencional. Y aquí me aventuro a deducir algo que, aunque no dice el pasaje tiene mucho sentido. Jacob era el representante divino en la línea de la promesa dada a Abraham, de ser bendición a todas las familias de la tierra. Eso fue lo que le recordó Jacob a Dios en su oración, para que le bendijera (Gé. 32.12). ¿Pero acaso Dios debía dejar sin tratar la naturaleza mentirosa de Jacob? ¿Debía pasar por alto su miserable engaño hecho a su padre, anciano y ciego, para recibir la bendición divina tal y como Jacob la concebía y “exigía” de Dios? ¡Ciertamente, no!

Así cuando el ángel de Yawéh le pregunta por su nombre, él responde: “Jacob”. Automáticamente, el varón –Dios mismo- le cambia el nombre por el de “Israel”. Pero no se nos dice nada más de lo que debió suponer, en el interior más profundo del ser de Jacob la razón de aquel cambio de nombre. Lo que sí sabemos es que es difícil ser interpelados por Dios mismo respecto de cómo somos nosotros y nuestras acciones, sin que seamos conmovidos hasta lo más profundo del nuestro ser. Es en esa experiencia que, de forma necesaria e invariable, somos “rotos” interiormente y humillados hasta llegar a reconocer, no solo lo que somos, sino lo que hemos hecho. Entonces, lo más probable es que las lágrimas fluyan a raudales producidas por un sentimiento de indignidad y que dura hasta que llegamos a saber que se ha producido una transformación en la esencia misma de nuestro ser, de parte de Dios.

Es aquí donde me vienen a la mente las palabras del profeta Oseas, quien rememorando esta extraña experiencia, escribió: “En el seno materno tomó por el talón a su hermano, y con su poder venció al ángel. Venció al ángel, y prevaleció; lloró, y le rogó; en Bet-el le halló, y allí habló con nosotros” (Os. 12.3-4).

En este pasaje citado, muchos siglos después e impulsado por el Espíritu Santo, Oseas dice, entre otras cosas, que Jacob “lloró y le rogó –al ángel-”. Hay que situarse en el contexto de la angustia y el gran temor que tenía Jacob, por lo que podía perder. Pero en aquella experiencia directa con Dios mismo, dice el profeta que Jacob “lloró”. Y ese lloro pareciera tener más que ver con el reconocimiento de quién era él y lo que había hecho, que con cualquier otra cosa. Es la visión de aquellos que, teniendo un encuentro con Dios, ven su indignidad como nunca la habían visto y percibido antes (Is. 6.1-5; Lc. 5.8). Ahora sí estaba preparado para ser bendecido experimentando un cambio interno y profundo. El cambio del nombre hablaría de esa transformación: “No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres y has vencido” (32.28)

Después de aquella experiencia, Jacob salió “renovado”. Eso de lo cual muchas veces hablamos sin entender lo que supone a efectos de ser tratados por Dios, de forma profunda para que sea una verdadera renovación.

Jacob supo que el encuentro que había tenido con aquel “varón” había sido con Dios mismo. Al igual que otros personajes del A. Testamento habían experimentado, aquel “varón” era el conocido como “el ángel de Yawéh”. Quienes le vieron y hablaron con él dieron testimonio de que vieron a Dios mismo. [ii] De ahí la declaración de Jacob: “Vi a Dios cara a cara y fue librada mi alma” (32.30).

Hoy, no solo la salvación sino la permanente renovación viene por un encuentro y la constante relación/comunión, con el Señor Jesucristo, en cuyo rostro vemos el rostro de Dios el Padre. (S. Jn 1.18; 2ª Co.4.6). No podría ser de otra manera puesto que “Dios es luz y no hay ningunas tinieblas en Él” (1ª Jn.1.5; Jn.8.12). Y esa luz comienza por alumbrarnos a nosotros mismos primero, para que veamos cómo somos realmente, delante de Él.

Después de aquella “noche de lucha”, dice el texto: “Le salió el sol” (32.31). A partir de entonces, Jacob comenzó con “un nuevo día”, una nueva etapa en su vida. Ya no volvería a ser el mismo.

Por otra parte, la ruptura del tendón de la cadera de Jacob era una evidencia física de la ruptura interna de su yo interior. La cojera de Jacob daría testimonio de por vida, del trato de Dios con Él para que Jacob no lo olvidara nunca (32.31). Ya no sería más aquel “engañador” que había sido a lo largo de su vida. Por tanto, es bueno que nosotros cuando somos tratados por Dios, también seamos conscientes de que, una vez “rotos” por dentro, nunca volvamos a ser lo que éramos antes de dicho trato.

Pero la bendición de Dios sobre Jacob, fue mucho más allá, alcanzando no solo a su transformación que, por supuesto, él no esperaba sino que alcanzó también a su hermano Esaú, quien cuando vio a su hermano Jacob, “corrió a su encuentro y le abrazó, y se echó a su cuello y le besó y lloraron” (33.1-4).

Este encuentro de Esaú y Jacob, nos muestra que cuando es Dios el que obra en los corazones, no hay resentimiento ni nada que pueda oponerse a su poder, para sacar de raíz el pecado en todas su formas. Aquel viejo juramento que pronunció Esaú: “Cuando llegue el día de la muerte de mi padre, mataré a mi hermano” saltó por los aires y dio paso al perdón y a la reconciliación entre los dos hermanos. [iii]. Jacob mismo reconoció que cuando vio el rostro de su hermano Esaú, no vio en él ninguna evidencia de ira ni resentimiento, ni amargura, sino algo muy diferente:

“Porque he visto tu rostro como si hubiera visto el rostro de Dios, pues con tanto favor me has recibido” (33.10) [iv]

Hace muchos años le oí decir al pastor Rodolfo Loyola, hace mucho ya con el Señor: “Es difícil pelear con un hombre renovado”. Y en parte tenía mucha razón. La verdadera renovación es producida por el Espíritu de Dios; Él está en control y producirá los mejores frutos en el hombre y la mujer renovados; ¡e incluso en las personas que le rodean, pues: “Cuando los caminos del hombre son agradables a Yawéh, aun a sus enemigos hace estar en paz con él” (Pr.16.7).

Al considerar esta historia detenidamente, vemos a unos hombres con una historia que, de no haber sido por la intervención divina, hubieran tenido un final muy diferente, entre ellos. Tal vez trágico. Pero Dios tenía un propósito muy claro y por encima de las rencillas de los seres humanos que están bajo el propósito de Dios, él mismo los guía e incluso les trata para que sean como Él quiere. Eso es una constante que vemos a lo largo de toda la Escritura. De paso, siempre hemos de tener presentes las palabras del Apóstol Pablo, quien de forma repetida ensalza el valor de las Sagradas Escrituras, las cuales nos proveen de enseñanzas, consejos, principios y ejemplos suficientes para aprender de todo el consejo divino. (Ro. 15.4; 1ª Co. 10.6,11; 2ª Ti. 3.15-17)

¡A Él sea toda la gloria!

(Ángel Bea)

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[i] Aunque antiguamente el nombre de Jacob tenía otro significado “como sucede a menudo en el Antiguo Testamento, a un nombre tradicional se le da un nuevo significado. Jacob se asocia con la palabra talón (eqeb) siendo su posible significado, ‘el que agarra por el talón’ (a saber, el competidor que agarra y que engaña). (Nuevo Comentario Siglo Veintiuno. Casa bautista de Publicaciones. 1999, p.93) El nombre, en muchos casos en el A. Testamento, hablaba de la forma de ser del individuo, como es el caso de Nabal=insensato, marido de Abigail (1ªSam. 25,3,25).

[ii] “El ángel de Yawéh” aparece, entre otros en los casos de Abrahán (Gé.18.213,33); Agar, Gé. 16.7 21.17) Isaac en relación con su sacrificio (Gé.22.11); Jacob (Gé.31.11-13; 48.15-16); Moisés, (Ex.3.2); Gedeón, (Jue.6.11); Manoa, (Jue.13.3, 13,18,21); Zacarías 3.1;12.8. Etc.

[iii] ¡Cuánto es necesaria esta reconciliación en nuestro país, a causa del resentimiento en tantos y tantos corazones!. Con razón dijo el Apóstol Pablo de la “utilidad” de las Escrituras que nos proporcionan tantos ejemplos por medio de los cuales aprendemos del consejo divino para nosotros (Ro.15.4; 1ªCo.10.6,11; Heb.12.15-17; 2ªTi.3.15-17)

[iv] Que los hermanos se reconciliaran no quiere decir que dicha reconciliación alcanzara a los descendientes de Esaú. Éstos seguirían resentidos como una consecuencia lógica de un hermano resentido que lo transmitió a sus hijos y nietos y éstos a sus descendientes, hasta quinientos y mil años después. (Ver, Números, 20.14-21; y Abdías)

Sobre el autor:

Ángel Bea Espinosa nació en Fuensanta de Martos (Jaén) pero se crió en Córdoba. A los 21 años (final de 1966) entregó su vida al Señor Jesucristo, después de experimentar por largo tiempo una gran necesidad espiritual y a pesar de que era bastante religioso.  Después de una experiencia de 15 años de vida de iglesia y ministerio en la misma, fue encomendado al ministerio pastoral en 1982, con el reconocimiento de los pastores de la ciudad de Córdoba (España). Su formación ha sido autodidacta hasta que, en 2004 comenzó estudios a distancia con UNIVERSIDAD ICI Global en España, graduándose en Biblia y Teología en 2010, celebrando la ceremonia de graduación en el CSTAD (Centro Superior de Teología de las Asambleas de Dios de España).
Ángel Bea es pastor presidente de la Iglesia Evangélica Betesda de Córdoba. También es profesor del CSTAD, donde dicta la asignatura de bibliología a los estudiantes de primero. Está casado con Mª. Dolores Jiménez Vargas. Ambos tienen tres hijas y dos hijos.

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