El reduccionismo misiológico

El reduccionismo misiológico en la iglesia iberoamericana, peligros y desafíos

Por: Osmany Cruz Ferrer

Introducción:

La misiología sigue siendo un tema recurrente en los círculos de investigación teológica. Los volúmenes que se han escrito al respecto son numerosísimos, no obstante el tema nunca llega a estar zanjado. Como con la piedra de Sísifo en la mitología griega, cuando los eruditos creen que han llegado a la cima de la interpretación y contextualización misiológica, deben regresar a la base otra vez y comenzar de nuevo. Quizás ello sea una idea de Dios para mantenernos alertas sobre tan importante asunto. Abrevamos del mismo libro, la Biblia, pero nuestro entendimiento del mismo cambia hacia una mayor comprensión en la medida que lo escudriñamos.

En el lenguaje contemporáneo se habla de la necesidad de nuevos paradigmas misiológicos como única vía para ser más eficaces como iglesia que realiza la misión, pero quizás el remedio es peor que la enfermedad, porque la búsqueda de nuevos paradigmas puede alejarnos de los que ya han sido establecidos. Partiendo de que “nada hay nuevo debajo del sol” (Ecl. 1:9), quizás debiéramos replantearnos si acaso la búsqueda de nuevos paradigmas no es más que el regreso a los antiguos paradigmas contextualizándolos a nuestra realidad presente.

La misión de Dios es la misión de la iglesia pues somos sus colaboradores, pero ¿estamos haciendo la misión de Dios, o estamos versionándola grotescamente? Algunos, queriendo pintar un gran cuadro misiológico aportando estrategias racionales, sociológicas y postmodernas, lo que en verdad están haciendo es caricaturizar tan noble labor. La misión de Dios se ha de hacer a la manera de Dios, según sus designios y conforme a sus principios.

El resultado de hacer una misiología divorciada de “todo el consejo de Dios” (Hch. 20:27) casi siempre es el reduccionismo. Algunos han hecho de la misiología una fórmula concretada en cuatro a cinco leyes espirituales inamovibles, o han creído que misión es solo predicar en el templo y de cuando en cuando también en la calle sobre la salvación en Cristo. Existe la tendencia humana de enfatizar un área de la misión sobre la otra, incluso, prescindir de las menos importantes. Es así que algunos realizan la misión con un énfasis meramente caritativo, olvidando la responsabilidad que la iglesia tiene como testigo de Cristo, mientras que otros se desbordan en una evangelización enajenada de la realidad social en la que predican el Evangelio.

El objeto de estudio de esta monografía será el reduccionismo misiológico concretamente en Iberoamérica por varias razones: (1) Porque es imposible en un trabajo investigativo de estás dimensiones abarcar un estudio extensivo a todo el Orbe. (2) Por cuanto la realidad que vive el autor de esta monografía ha sido y es iberoamericana y empíricamente su acercamiento es más objetivo. (3) Por la relevancia misiológica que tiene Iberoamérica en la contemporaneidad como una iglesia ejemplar para hemisferios más hostiles al evangelio.

Pero ¿cómo abordar un tema tan medular como este sin temor a convertir esta investigación en más de lo mismo? El peligro de combatir el reduccionismo misiológico con más reduccionismo misiológico es una posibilidad real y porcentualmente alta. Para evitar caer en tamaño desatino, hay que partir de lo objetivo e inamovible. Consideramos que este punto de partida solo puede ser uno, la Biblia. Para ello tomaremos el libro de los Hechos como referente misiológico. Claro que no es el único libro de la Biblia que habla de misiones, de hecho, toda la Biblia es la gran historia de la misión de Dios. Sin embargo, el Libro de los Hechos aborda el génesis de la iglesia, sus primeros pasos misiológicos a partir de lo que les enseñó Jesús y los apóstoles. Sus atinos y desatinos, los primeros viajes misioneros transculturales y el trabajo de las primeras congregaciones. La mayor parte del contenido doctrinario del Nuevo Testamento fue escrito para esas primeras iglesias plantadas por los apóstoles y cristianos de la diáspora. Hechos de los Apóstoles provee de un razonable bagaje para hacer una teología de las misiones amplia y objetiva a la vez que pertinente ya que la iglesia iberoamericana del siglo XXI ve en aquella iglesia primigenia, su predecesora por excelencia. “El libro de los Hechos describe el papel de la iglesia en la evangelización del mundo conocido.”[1]

Demostraremos que el nuevo paradigma al que necesita ir la iglesia iberoamericana no es más que el regreso al antiguo paradigma: el bíblico. Solo una misiología autenticada por las Escrituras puede producir verdaderos resultados y estos resultados serán los mismos que antaño vio la iglesia del primer siglo: conversiones, relevancia, impacto social, gratitud y por qué no, persecuciones, martirio y hostilidad en su contra.

El pueblo de Dios en el ejercicio de su diaconía al mundo, no puede ir más allá de la comprensión que tenga de las Escrituras. Su límite está en su conocimiento (Os. 4:6), en la renovación que sea capaz de experimentar a través de la Palabra de Dios (Ro. 12:2) y en la capacidad que desarrolle para contextualizar su servicio en su contemporaneidad. Siendo autocríticos, hemos fallado en todos estos aspectos en mayor, o menor medida. Esta monografía es un esfuerzo por regresar al camino recto de la misiología a la manera de Dios, no reduccionista, sino diversa y abarcadora.

I. El panorama misiológico en el libro de los Hechos.

No se puede abordar el tema misiológico sin un punto de partida específico y sin un referente apropiado con el cual comparar la andadura de la iglesia actual. En el libro de los Hechos aparece la iglesia primigenia desarrollando su servicio, y aunque ella no es un arquetipo de perfección, sí nos da un acercamiento a la manera en la que desarrollaron su misión bajo la dirección apostólica. Estos apóstoles caminaron con Jesús, aprendieron de su praxis y, desde la impronta del Maestro, discipularon a los primeros cristianos. La información que nos entrega Lucas sobre los primeros cristianos es además de anecdótica, aleccionadora.

1. La missio Dei en el libro de los Hechos antes de la diáspora de la iglesia en Jerusalén.

Antes de ascender Jesús a los cielos, exaltado por el Padre a su diestra, le pidió a sus seguidores que esperaran en Jerusalén la llegada del Espíritu Santo por la relevancia que este suceso tendría para la función de testigos de Cristo ante el mundo: “Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí” (Hch.1:4). Este sería el punto de partida de la misión de la iglesia, pues allí nacería como tal. Sus comienzos estuvieron marcados por la encomienda de Jesús a una misión al mundo en toda su extensión y posteriormente por la manifestación sobrenatural de Dios a todos los que en obediencia esperaron por la promesa.

Como consecuencia de la llegada del Espíritu Santo, Pedro, el otrora vacilante discípulo, ahora proclama un mensaje certero de salvación cuyo resultado es la conversión de tres mil personas (Hch. 2:41). La misión comienza y termina siempre con la proclamación de Cristo como Señor y Salvador, ya sea con palabras o con obras. Toda vida salvada por Dios es de Cristo según Pablo: “Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos” (Ro. 14:8). Por tanto, toda actuación de un cristiano converge en Cristo para glorificarle o traer vergüenza al Evangelio. Todo en un creyente es misión. Nuestra existencia e identidad primaria es misiológica según Pedro: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 P. 2:9). Fuimos adquiridos para proclamar a Cristo, es lo que se espera de nosotros.

Los apóstoles y primeros creyentes serían conocidos inmediatamente por su parecido a Cristo, quien es la encarnación pura de la legítima misión: “Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús” (Hch. 4:13).

Toda acción era relacionada con Dios, tanto entre los mismos creyentes como de cara a la comunidad no religiosa en la que vivían.

El impacto misiológico original de aquella naciente iglesia era arrollador.

  • Eran una comunidad que funcionaba en unidad: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hch. 2:44; 4:32) .
  • Eran una comunidad de una espiritualidad fervorosa (Hch. 2:47).
  • Eran una comunidad que desbordaba en generosidad para con los de la fe: “Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hch. 4:34,35).
  • Eran una comunidad filantrópica hacia los no creyentes: “alabando a Dios, y teniendo favorcon todo el pueblo” (Hch.2:47).
  • Eran una comunidad entusiasta: Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hch. 2:46).
  • Eran una comunidad evangelizadora: “Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos” (Hch. 4:33).
  • Eran una comunidad poderosa en señales sobrenaturales: “Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón” (Hch. 5:12). Ver también Hch. 2:43; 5:15,16.
  • Eran una comunidad de una elevada ética. El ejemplo de Ananías y Safira exalta lo serio que era para aquellos cristianos la honradez y la honestidad (Hch. 5:3,4).
  • Eran una comunidad con grandes resultados misiológicos: “Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hch. 2:47b).

2. La missio Dei en el libro de los Hechos después de la diáspora de la iglesia en Jerusalén.

Con la persecución política romana a la iglesia en Jerusalén se hizo por fuerza lo que por mandamiento había dicho el Señor que los discípulos debían hacer: ir por todas partes anunciando el evangelio: “Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hch. 8:4). Es a partir de ahí que comienza la etapa expansiva de la iglesia a un nivel sin precedentes y que llega a su máxima expresión en el libro de los Hechos con los ministerios de Pablo, Bernabé y posteriormente Silas como figuras cumbres.

La misión se hace extensiva a todo el Imperio Romano y al mundo conocido hasta entonces. Felipe va a Samaria y predica a Cristo y el Evangelio obteniendo asombrosos resultados. Pablo y Bernabé son apartados por la iglesia en Antioquía para desarrollar un ministerio misionero a los gentiles, fuera de la gran urbe que hasta ahora los abrigaba. A este primer viaje misionero le siguieron dos viajes más en los que Pablo conectó con otros ministerios como el de Silas, Lucas y Timoteo, mientras Bernabé fue con su sobrino Marcos a otras regiones.

El que Felipe le predicara a los samaritanos, marginados por el sistema religioso judío, así como Pablo a los paganos gentiles refleja que desde el mismo inicio de la predicación apostólica, hubo un enfoque hacia los impopulares y los marginados, hacia toda clase de personas, sin distinguir procedencia, raza, posición social, política, religión, o cualquier otra cosa que le diferenciara de la herencia judía. La misión era gregaria en su enfoque. Esto fue un movimiento revolucionario, sin parangón hasta entonces.

Cuando Lucas escribe: “Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hch. 8:4) afirma que la predicación pública de las Escrituras dejaba de ser un derecho exclusivo del sacerdocio, de los escribas, o profesionales de la Ley en general. Ahora cada humilde creyente podía y debía ser un expositor del mensaje divino. Dicha actuación contaría con la autorización del Cristo exaltado, quien comisionó a la iglesia a ser testigos hasta lo último de la tierra. La misión de Dios caería sobre los hombros de niños, jóvenes, ancianos, hombres y mujeres cuya fe les empujara a anunciar al Cristo redentor, sus promesas y su verdad. La misión era de todos.

A estos primeros predicadores les caracterizaba el denuedo, un valor tal que hacía de la misión algo prioritario e irrenunciable. Esteban y Jacobo murieron por ser testigos funcionales de la misión. Pablo y Silas cantaban después de una paliza en Filipos y predicaban a Cristo al mismo carcelero. Los creyentes se reunían a pesar de los peligros que les rodeaban. La andadura de aquella iglesia fue un colosal espectáculo al mundo. La tarea se tenía que realizar. No había lugar para el retroceso, o la cobardía. Este paradigma misiológico es el que ha imitado la misiología contemporánea más osada que radica en países agresivos al cristianismo. Aunque, lamentablemente, todavía el número de los que hacen misiones transculturales sigue siendo ínfimo en consonancia al número de los que se quedan.

Los cristianos de la diáspora ya no podían ir al Templo de Jerusalén como antes, cuando gozaban de cierta paz. Según Lucas estos primeros cristianos estaban “cada día en el Templo”, mientras que, en las casas, partían el pan juntos y “comían juntos con alegría” (Hch. 2:46). Los hogares eran para tener fraternidad, mientras que el Templo seguía siendo el lugar cúltico de ellos donde adorar, orar y hablar del Mesías. La diáspora les obligó a usar las casas como lugar donde adorar y predicar. Pablo predicó en las casas (Hch. 20:20), saludó a iglesias que estaban en las casas (Col. 4:15; Fil. 1:2; 1 Co. 16:19). La diáspora les descentralizó del Templo y les abrió la mente a lo que ya Jesús había profetizado durante su ministerio: “Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre” (Jn. 4:21).

II. La realidad del reduccionismo misiológico en la iglesia iberoamericana.

Iberoamérica con sus más de seiscientos millones de habitantes tiene un amplio potencial misiológico. El crecimiento del protestantismo es obvio y relevante en los últimos 70 años de historia. No obstante, la influencia del catolicismo, así como un discipulado incorrecto, han provocado que la iglesia iberoamericana tenga carencias que no ha sabido superar, o llevar siquiera a la sala de diálogo. Iglesias severamente dogmáticas y discipulados irreflexivos han minado la misiología y retenido el crecimiento que podría ser exponencialmente mayor. Países como Cuba, donde las Asambleas de Dios, por poner un ejemplo, prohibía a los hombres llevar barba y a las mujeres llevar pendientes, pantalones, pintarse las uñas, cortarse el cabello por encima de los hombros y un largo etcétera legalista, hicieron que la misión fuera impopular para muchos. Misiones era salvaguardar un mensaje importado, carente de fundamento doctrinal, pero con todo el vigor del tradicionalismo religioso. Actualmente esto no es así, lo que resulta esperanzador para otros países de Iberoamérica y otras confesiones protestantes cuya misión está minada por el lastre del legalismo, la tradición y los mandamientos de hombres.

En diversos foros con líderes eclesiásticos iberoamericanos en los que el autor de esta monografía ha podido estar, sale a colación una y otra vez los males reduccionistas que amenazan el desarrollo misiológico. Ellos son: El eclesiocentrismo, el ostracismo, el conservadurismo, el sesacionismo y el tradicionalismo.

1. El eclesiocentrismo. 

La iglesia primitiva, luego de ser dispersada por todas partes del Imperio Romano, iba por cada sitio anunciando el evangelio de Cristo, teniendo cuidado de los pobres, visitando a los presos (He. 13:3), desarrollando una misión integral, primeramente, a los de la fe, a la par que hacia fuera: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gá. 6:10). La misión era amplia, diversa y eficaz. Lucas dice de Pablo que en dos años alcanzó a toda Asia en un despliegue evangelizador sin precedentes: “Así continuó por espacio de dos años, de manera que todos los que habitaban en Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús” (Hch. 19:10). El trabajo paulino fue tan evidente que aún los adversarios de la fe conocían de su formidable obra misionera: “pero veis y oís que este Pablo, no solamente en Éfeso, sino en casi toda Asia, ha apartado a muchas gentes con persuasión, diciendo que no son dioses los que se hacen con las manos” (Hch. 19:26). Misiones siempre será con un enfoque hacia todos, esa fue la impronta que dejaron aquellos primeros cristianos.

Las iglesias iberoamericanas enfrentan constantemente el desafío de reducir misiones a cultos trimestrales sobre el tema, a actividades concentradas en los que ya son salvos. La economía de las congregaciones se distribuye casi en su totalidad en gastos de las propias congregaciones (agua, electricidad, seguros, mantenimiento general, etcétera). Los edificios tienen cada vez más importancia y los movimientos celulares en auge en algunos sitios de América Latina no son bienvenidos en España, Portugal, a la vez que se están reemplazando en sus lugares de procedencia por la mentalidad de mega iglesias. Preocupa mucho que incluso, en aquellos sitios donde la reunión en casas persigue un propósito de iglecrecimiento se han convertido más bien en una forma de control, un sistema para gobernar a los feligreses antes que en extensiones para hacer misiones.

  1. A. Deiros, en su libro, El evangelio que proclamamos, arremete contra el eclesiocentrísmo como un mal a evitar o deshacerse de él, para enfocarse en manifestar el reino de Dios al mundo, nuestra verdadera tarea:

Una de las críticas más agudas al movimiento de crecimiento de la iglesia ha sido precisamente señalar su enfoque eclesiocéntrico y su aparente idea de que el propósito principal de la misión cristiana es la multiplicación de iglesias o su crecimiento numérico. El fin de la proclamación del evangelio del reino es manifestar la realidad y presencia del reino en el mundo a través de Cristo Jesús.[2]

Se necesita regresar al antiguo paradigma, recuperar la esencia misiológica de la iglesia. Ese es su objetivo preclaro, su más noble tarea, su razón de ser. Somos el pueblo misionero de Dios. La misión de Dios se realiza en las casas, en la plaza, el la cárcel, en los colegios, en los trabajos, en el campo, la ciudad, en nuestras comunidades, con nuestros vecinos e incluso entre nuestros enemigos. Jesús nos modeló una misión versátil: en el Templo y en las casas de los publicanos; en la sinagoga y junto al mar con los pescadores; entre la casta religiosa y con los obreros, los pobres, las mujeres y los niños. En una frase: la misión se ha de realizar donde esté la necesidad. Es posible que al pensarlo así nos demos cuenta que pasamos demasiado tiempo en los templos.

2. El ostracismo.

El ostracismo es otro de los enemigos pavorosos de las iglesias iberoamericanas. Encerrarse en una burbuja denominacional o confesional por temor a ser contaminados es ridículo, pero frecuente. Cerrarse al diálogo interreligioso nos puede privar de acercamientos que nos permitan hacer la misión entre los que de otra manera no oirán. Erigiendo la bandera anti sincretista, ni siquiera somos capaces de conversar con los que piensan diferente a nosotros. Una conducta así es reduccionista y vanidosa.

  1. Cruz en su libro, Sociología una desmitificación, aboga por el diálogo y la cooperación interreligiosa. Se pronuncia sobre las relaciones interconfesionales magistralmente cuando escribe:

“Pero la relación interconfesional no puede limitarse a una mera discusión teológica de eruditos, sino que debe ampliarse a la relación diaria entre personas que viven juntas, se aman y se respetan a pesar de pertenecer a confesiones diferentes. Tal relación puede suponer también el reto de asumir un compromiso común frente a situaciones de justicia, de defensa de la fe y los valores cristianos, así como actividades que contribuyan a dignificar al ser humano. Si la doctrina separa, la acción es capaz de unir. No deberíamos olvidar que aunque subsisten diferencias importantes, es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Y ¿por qué no? el diálogo puede llevar también, en determinadas situaciones, a la oración conjunta a Jesucristo, el centro de toda relación de unidad entre los cristianos. En muchos lugares se está viviendo ya una unión práctica y diaria de los creyentes, aunque la unión oficial de sus respectivas Iglesias no llegue a ser nunca una realidad.”[3]

El ostracismo religioso no solo se mantiene distante de otras religiones, sino que dentro del propio movimiento protestante cobra sus víctimas. El individualismo nos priva de realizar una misión conjunta con más solidez y eficacia. Salvaguardando temerosamente la doctrina, las costumbres y las maneras nos perdemos los excelentes resultados de la cooperatividad y de la saludable influencia de los que hacen lo mismo que nosotros, pero con estrategias diferentes. Jesús enseñó que “el que no es contra nosotros, por nosotros es” (Mr. 9:4). Los prejuicios y el orgullo religioso llevan a los creyentes a etiquetar a otros en forma despectiva y a creerse mejores.

3. El conservadurismo.

El conservadurismo es el modus operandi de muchas congregaciones que piensan que todo lo que es novedoso es peligroso y atenta contra los fundamentos de la fe, sin entender que mucho de lo que hoy hacemos resultaba exactamente igual para generaciones anteriores. Es cierto que existe el peligro del pragmatismo: Si funciona, lo asumo. No obstante, la prudencia no debe llevarnos a la negación absoluta. Hay que abrir la mente para considerar el ¿por qué algunas iglesias tienen éxito en el ejercicio de la misión y por qué otras no? El conservadurismo no quiere siquiera intentar esto. “Siempre lo hemos hecho así” es el epitafio de muchas congregaciones.

El director del Instituto para el Desarrollo Natural de la Iglesia, Christian A. Schwarz ha conducido el estudio de iglecrecimiento más abarcador del que se tenga conocimiento hasta ahora. Investigó mil iglesias existentes repartidas en los cinco continentes del hemisferio. Estas iglesias tenían las más disímiles características. Fueron encuestadas iglesias pentecostales y no pentecostales. Congregaciones grandes y pequeñas. Iglesias perseguidas por el gobierno o subvencionadas por él. Iglesias situadas en lugares de avivamiento y otras que se encontraban en lugares de poco crecimiento evangélico. Congregaciones conocidas y otras casi desconocidas. Schwarz encuestó iglesias en 32 países. Dicho cuestionario fue respondido por 30 miembros de cada una de las 1000 iglesias encuestadas. La encuesta fue traducida a 18 idiomas. Al final de la aplicación de la misma fueron tabuladas 4,2 millones de respuestas. El Instituto para el Desarrollo Natural de la Iglesia contrató los servicios del sociólogo y psicólogo Alemán Christoph Schalk para la elaboración científica de la encuesta y para que se ajustara a severos criterios de objetividad, fiabilidad y validez sociológicas. Los resultados de la investigación fueron resumidos en ocho características cualitativas presentes invariablemente en las iglesias que están creciendo. Ellas fueron:

  • Liderazgo capacitador. Según la encuesta, las iglesias que más crecen son aquellas en las que sus líderes concentran su trabajo en capacitar a otros para el servicio cristiano.
  • Ministerio según dones. Ubicar a cada cual en el área en que ha sido especialmente llamado.
  • Espiritualidad ferviente. Las congregaciones que manifiestan más su entusiasmo, expresan más apasionadamente su fe y son más fervorosas en su devoción obtienen mayor crecimiento independientemente de si son carismáticas o no.
  • Estructuras funcionales. Esta fue la característica más polémica. Las iglesias que han implementado mejores estructuras conforme a su contexto han obtenido mayor crecimiento.
  • Culto inspirador. El culto que resulta en una experiencia inspiradora para los asistentes debido al trato del Espíritu Santo logra que la gente se quede y que nuevas personas asistan al servicio espiritual.
  • Células integrales. La implementación de células donde se predique la palabra, se fomente el compañerismo, se le dé culto a Dios y se permita el servicio está entre las causas fundamentales de crecimiento de las iglesias que crecen constantemente.
  • Evangelismo según las necesidades. Las iglesias que buscan ministrar a los inconversos según sus necesidades han obtenido un mayor crecimiento. Para hacerlo han tenido que desarrollar como plan eclesial el evangelismo por relaciones.
  • Relaciones afectivas. Las iglesias más afectivas tienen un mayor crecimiento que las iglesias que son más moderadas en este aspecto. O sea, las iglesias donde hay mayor por ciento de invitaciones a cenar entre los feligreses, donde los hermanos pasan mayor tiempo juntos compartiendo y manifestando el amor cristiano tienen más celeridad en el crecimiento.[4]

Este abarcador estudio arroja claras pistas de que hay que observar a otros, aprender de ellos, imitar lo que sea digno, sin que por ello se pierda la autenticidad, o el apego a la doctrina que predicamos. Hay muchas formas de hacer la misión y la responsabilidad de la iglesia es descubrirlas. Una manera es mirando a otros, examinando sus razones y verificando su praxis por las Escrituras.

4. El cesacionismo.

A la iglesia primigenia le caracterizaba el poder y la manifestación de Dios en el desarrollo de la misión. El escritor a los Hebreos escribe que esa era la manera en la que Dios mismo testificaba juntamente con los cristianos del primer siglo: “Testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad” (He. 2:4).

Es la posición del autor de esta monografía que el evangelio no solo debe ser predicado, también debe ser demostrado a través de una iglesia poderosa, carismática y sobrenatural. Se suele tomar solo aspectos de la Gran Comisión y prescindir de otros. Predicar es la esencialidad, pues tenemos por cierto que más allá de todo lo presente existe la eternidad, pero esa predicación debe ir acompañada de poder. Estadísticamente las iglesias protestantes de mayor crecimiento en Iberoamérica y el mundo en general son aquellas que creen en los dones espirituales y las manifestaciones de Dios.

El reduccionismo misiológico dice: ya no existen milagros, ya no es tiempo de lo sobrenatural. La respuesta a esto la da el escritor de los Hebreos: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 8:13). No hay un tiempo de lo sobrenatural, sino un Dios que está por encima de lo natural. Orar por los enfermos para su sanidad debe ser una praxis de la iglesia hoy como lo fue para nuestros hermanos hace 20 siglos. Fluir en los dones de 1 Corintios 12 sacudirá sin dudas el ejercicio misiológico de la iglesia y nos hará más visible al mundo a la vez que efectivo: “Los planteos del cesacionismo, que han sido tan populares entre los evangélicos en América Latina, deben ser terminantemente descartados por ser contrarios a la enseñanza bíblica y por carecer de todo fundamento teológico, histórico y misiológico.”[5]

III. La necesidad de un nuevo paradigma en la missio Dei de Iberoamérica.

Es una completa necedad creer que haciendo siempre las mismas cosas obtendremos resultados diferentes. Hay que reajustar la maquinaria, o los engranajes se quedarán obsoletos. Hay que ir en Iberoamérica por un nuevo paradigma, pero como se ha dicho ya, ese nuevo paradigma no es otro que el antiguo paradigma que ha sido lamentablemente relegado.

1. El nuevo paradigma es el antiguo paradigma.

Aquella primera comunidad de cristianos tenía peculiaridades que les hizo exitosos en la misión de Dios. Si esto es así, entonces las acciones a implementar por la iglesia Iberoamericana contemporánea están bien delineadas y son plausibles.

Toda iglesia que desee tener éxito en la misión de Dios debe evitar el reduccionismo misiológico y para esto un buen punto de partida sería imitar a aquella comunidad primera que fue: (1) Una comunidad que funcionaba en unidad (Hch. 2:44; 4:32). (2) Una comunidad de una espiritualidad fervorosa (Hch. 2:47). (3)  Una comunidad generosa hacia sus hermanos (Hch. 4:34,35). (4) Una comunidad filantrópica hacia los no creyentes: “alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo” (Hch.2:47). (5) Una comunidad entusiasta (Hch. 2:46). (6) Una comunidad evangelizadora (Hch. 4:33). (7) Una comunidad poderosa en señales sobrenaturales (Hch. 2:43; 5:12, 15,16). (8) Una comunidad de una elevada ética (Hch. 5:3,4). (9)  Y una comunidad con grandes resultados misiológicos (Hch. 2:47b). (10) Una comunidad que supo conectar el Evangelio con la cultura de entonces (Hch. 17:22).

2. Un paradigma de misiología inclusiva, extensiva a todos.

Una misiología hacia afuera, no eclesiocéntrica, sino plural e integral. En el pasado, hemos estado demasiado centrados en nuestros propios “micro contextos religiosos” y hemos realizado parcialmente la misión

3. Un paradigma misiológico de unidad sobre la base de la misión.

Las iglesias iberoamericanas deberían unirse sobre la base del fundamento de la misión. Una iglesia capaz de potenciar su servicio misiológico a través de la unidad sería el perfil necesario hacia un mundo con desafíos cada vez más formidables. La misión hecha cada uno por su cuenta y prescindiendo del gran potencial que es posible a través de la unidad, es una idea necia en nuestra contemporaneidad. Sin embargo, la unidad podría permitirnos proyectos en común que podrían repercutir a niveles insospechables como lo son: influenciar para la paz en las naciones, ser un muro de contención ante la violación de los derechos humanos, la injusticia en general, e incluso, para confrontar la violencia y la persecución religiosa que existe en mayor o menor medida en muchos países del mundo. La unidad de la iglesia sobre la base de la misión debe formar parte del nuevo paradigma para la misiología.

4. Un paradigma en el que incluyamos el diálogo interreligioso.

El diálogo interreligioso en lugar de debilitarnos, nos consolidará para desarrollar una teología más fuerte, una pastoral más eficaz y una misiología más objetiva.  Este es sin dudas uno de los desafíos más altos que tenemos a causa de los prejuicios y los enfoques históricos que hemos tenido como iglesia en iberoamérica, por eso hay que repensar este asunto con serenidad y criticismo. No es que los apóstoles y la primera iglesia no quisieron un diálogo interreligioso, es que no era posible por la hostilidad hacia ellos por parte de la religión oficial. Pablo fue expulsado de las sinagogas y rechazado por los judíos en su intento de presentar a Cristo. La cuestión se vuelve en nuestra contra cuando somos nosotros los que impedimos el diálogo. Hay lugares donde este diálogo ahora mismo es imposible, pero en en gran parte del mundo puede ser diferente.

5. Un paradigma filantrópico de caritatividad en Cristo.

Misión es también buenas obras, es justicia social, es acción por los necesitados. Dios mismo nos enseñó a amar a los que nos aborreces y servir a quienes no son nuestros amigos. Fuimos “creados en Cristo Jesús para buenas obras” (Ef. 2:10), esa es nuestra identidad misiológica.

6. Un paradigma de interdependencia de los ministerios de la iglesia en pro de la missio Dei.

Los que conformamos la iglesia debemos tener claro que los ministerios o servicios son todos para cumplir la missio Dei, cualquier intento por modificar tan noble propósito, es espurio y no proviene de las Escrituras. La cohesión, la interdependencia de los miembros del cuerpo de Cristo es fundamental para alcanzar una eficacia de alto nivel en la misión de Dios.

IV. El alcance y repercusión de una misiología iberoamericana no reduccionista.

La labor misiológica de la iglesia es extensa e insustituible. Extensa porque abarca al mundo, e insustituible por cuanto solo ella puede hacer la misión de Dios a la manera de Dios. El desarrollo de la misión de la iglesia producirá resultados cualitativos y cuantitativos en consonancia a la ejecución de la misma. Es nuestro privilegio hacer la misión de Dios, pero es también nuestra responsabilidad.

1. Los resultados cualitativos de una misiología iberoamericana no reduccionista.

La misión de Dios se ha de reafirmar sobre la solidez de un accionar de excelencia. Los ojos de gran parte del movimiento del protestantismo del mundo están sobre Iberoamérica. Sobre los países latinoamericanos por los resultados que están teniendo, los modelos misiológicos que están implementando y su posible adaptación en otros contextos. Y sobre España y Portugal por la ubicación estratégica que representan como puerta geográfica para esa Europa que ha de ser reevangelizada. La iglesia iberoamericana tiene una responsabilidad inspiracional para sus homólogos en otras partes del Planeta.

2. Los resultados cuantitativos de una misiología iberoamericana no reduccionista.

Los resultados cuantitativos de una misiología iberoamericana no reduccionista afectarían positivamente el iglecrecimiento de la región. Por otra parte, daría crédito a la iglesia ante millones de no creyentes como contenedora y dispensadora de gracia, misericordia y virtud. Se multiplicarían los lugares de culto exponencialmente. Todo esto conseguiría suplir el relevo misiológico para la siguiente generación. Los resultados en suma serían halagüeños, redundantes en beneficio del reino de Dios.

Conclusiones.

El panorama misiológico del Libro de los Hechos nos confronta a un análisis introspectivo en la forma actual de hacer misiones que tenemos en Iberoamérica. Hay preguntas que son imprescindible hacernos y hacer algo en consecuencia con las respuestas que demos: ¿Estamos funcionando en unidad? ¿Somos una comunidad fervorosa? ¿Cuán bien está nuestra generosidad hacia los de la fe y hacia los de afuera? ¿Es el entusiasmo uno de los más significativos distintivos de nuestra misiología? ¿Somos una comunidad evangelizadora? ¿Podemos decir que hay en nosotros señales sobrenaturales evidenciadoras de un Dios portentoso? ¿Prima en nuestros predios una elevada ética? ¿Tenemos notables resultados misiológicos? ¿Somos una comunidad que ha sabido conectar el Evangelio con la cultura?¡Hay mucho que hacer!

La iglesia iberoamericana tiene que sacudirse el reduccionismo misiológico. La globalización del mundo puede volverse a nuestro favor si difundimos ejemplarmente una misiología no reduccionista. Apostar por ser más dialogadores, más abiertos a una proyección integral de la misión. Abandonar tradicionalismos y prejuicios. Abrirnos a la reflexión y la renovación de la vieja mentalidad obcecada en lo seguro y lo rancio. Hacer misiones desde nuestra contemporaneidad, pero sobre la base de las Escrituras como modelo infalible de praxis misiológica. Ese es el único camino posible hacia la eficacia y la trascendencia como portadores de la misión.

Bibliografía:

Schwarz, Christian. Desarrollo Natural de la Iglesia: Ocho Características Básicas de una Iglesia Saludable, Barcelona: Editorial Clie, 1996.

Bertuzzi, F. Misión transcultural, Sante Fe, Argentina: Comibam International, 2000.

Bullón, H. F. Misión y desarrollo en América Latina, Buenos Aires, Argentina:  Ediciones Kairós, 2000.

Cruz, A. Sociología una desmitificación, Barcelona, España: Editorial CLIE, 2001.

DeCarvalho L. (Ed.), Misión global, Pasadena, California: Centro latinoamericano para la misión mundial, 2006.

A. Bertuzzi. Ayudas misioneras, Santa Fe, Argentina: Comibam Internacional, 1996.

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Shenk, D. El llamado de Dios a la misión. Guatemala: Ediciones Semilla, 1996.

 

Notas al pie:

[1] J. Lewis, Misión mundial, tomo 1 Miami: Editorial Unilit, 1990, p. 116.

[2] P. A. Deiros, El Evangelio que proclamamos, Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2008, p. 32.

[3] A. Cruz, Sociología una desmitificación, Barcelona: Editorial CLIE, 2001, p. 609.

[4] Christian A. Schwarz, Desarrollo Natural de la Iglesia: Ocho Características Básicas de una Iglesia Saludable, Barcelona: Editorial Clie, 1996.

[5] P. A. Deiros, Dones y ministerios, Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2008, p. 97.

 

Sobre el autor:

Osmany Cruz Ferrer es cubano, ministro de las Asambleas de Dios de España. Graduado del Seminario de las Asambleas de Dios (EDISUB). Es Licenciado en Teología y Biblia de la Facultad de Estudios Superiores de las Asambleas de Dios (FATES) y Licenciado en Teología y Biblia con ISUM Internacional de Sprinfield, Asambleas de Dios. Actualmente concluye una Maestría con FIET. Ha sido en Cuba Pastor, Director del Instituto Bíblico de Asambleas de Dios, Vicedirector de la Dirección Nacional de Investigaciones Teológicas, presbítero y miembro del Consejo Ejecutivo del Distrito Occidental en La Isla. Desde 2011, Osmany Cruz reside en España junto a su esposa Leydi y sus hijos Emily, Nathaly, Valery y Dylan. En la actualidad desarrolla su ministerio como misionero, pastor, conferenciante itinerante, escritor y profesor titular en la Facultad de Teología de Asambleas de Dios, donde además, es el Secretario Académico y Vicedecano de comunicaciones.

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