El desafío a ser profundos

Pensando

Por: Osmany Cruz Ferrer.

Conozco el valor de un libro cristiano. Nací y me crié en Cuba, un país cuyo gobierno por más de cincuenta años ha sido ideológicamente hostil al cristianismo. No hay librerías bíblicas ahí. No puedes comprar un libro por Internet porque no hay Internet. Los libros que llegaban a nuestras manos eran porque algún amigo pastor lo traía de fuera del país en su equipaje de mano. Cuando estudié en el Seminario no teníamos libros, sino folletos hechos en mimeógrafos antiguos y defectuosos que la iglesia poseía en clandestinidad. Los folletos eran resúmenes de los libros que debíamos estudiar y a veces estaban tan borrosos que no sabíamos qué decían ciertos párrafos. Recuerdo a Leonel, compañero mío del Seminario, le prestaron el libro de Myer Perlman, A través de la Biblia, con la condición que lo devolviera en una semana. Leonel copió a mano el libro entero en solo siete días. Sabíamos lo que valía un libro y devorábamos todos los que podíamos.

Iba dos veces por semana a la Biblioteca Nacional y pasaba ocho horas cada vez leyendo libros y comentarios cristianos que existían solo en esta biblioteca como libros para cultura general. Pero dieciséis horas a la semana de lectura me parecían muy poca cosa. Nunca podré olvidar que a principio de los noventa le escribí una carta manuscrita a la Editorial CLIE, cuando tenía yo unos quince años, pidiéndole libros usados o rotos, y a los pocos meses recibí un paquete con siete libros del autor Samuel Vila. Entre mi asombro por el milagro de que los libros pasaran por aduana sin dificultad y la feliz realidad de tener siete volúmenes originales para mi escuálida biblioteca personal, no podía dejar de ojearlos y dar gracias a Dios.  Cuando viajé fuera del país por primera vez, catorce años después de mi conversión, pasaba las noches enteras sin dormir, copiando de Internet todo aquella literatura de acceso público y almacenándolas en un pendrive para llevarla conmigo de vuelta como un tesoro que compartir con otros colegas del ministerio menos afortunados.

Podría seguir hablando de aquellas penurias, de aquellas ausencias lamentables, pero es suficiente. Dios obró todo ello para mí bien, enseñándome el valor de aquello que nos negaba la falta de libertad. Ahora, como misionero en España, llevo presente aquellas lecciones y procuro con gratitud aprovechar las bendiciones que esta hermosa nación me regala. He de decir, sin embargo, que me apena ver tantos obreros cristianos leyendo tan poco, teniendo tantas oportunidades a su alcance. Me lamento al oír predicaciones tan sosas desde nuestros sacros púlpitos. Muchos de mis compañeros en el ministerio leen poco y se nota, aunque no lo confiesen. No hay tiempo para leer, se vive en un activismo frenético de hacer y hacer, pero sin tomar tiempo para la lectura sosegada y el estudio reflexivo, me temo que nuestro activismo será un pobre reemplazo de la falta de poder en las Escrituras. Un mensaje repleto de verdades liberadoras y profundas previamente meditadas podrá hacer mucho más que mil cultos con oratorias improvisadas.

Spurgeon, el predicador londinense, creía que si no se entregaba por completo a la lectura y al estudio antes de un sermón, estaba tentando al Espíritu Santo mediante efusiones irreflexivas. Era asunto serio para él la previa preparación espiritual, que incluía a su vez, tiempos de profunda intercesión y excelsa devoción. Leía seis libros por semana, más de trescientos al año. Solo el libro de Bunyan, El progreso del peregrino, Spurgeon lo leería cien veces durante su vida, la primera vez fue a los seis años. Llegó a tener una biblioteca personal de más de doce mil volúmenes, todos leídos por él. No es de extrañar que sus sermones semanales fueran tan enjundiosos y tan solicitados por toda Inglaterra en aquella época y en todo el mundo, hasta nuestros días.

Wesley les pedía a los pastores a su cuidado que leyeran cinco horas diarias, o volvieran a su anterior oficio. Para este pastor metodista, la predicación empezaba en la preparación previa. Se habla mucho de la destreza oratoria de Whitefield, pero se ignora que pasaba hasta ocho horas diarias en estudio y devoción. Se pondera la fe de Müller, pero nada se dice de que leyó doscientas veces la Biblia, cien de ellas de rodilla. Se recuerda el ministerio evangelizador de John Sung en la China, pero tenía tres títulos universitarios y leyó la Biblia cuarenta veces en los primeros seis meses de convertido.

Pablo, es un icono de ese amor por la lectura. Es un ejemplo aleccionador que nos desafía desde la historia. No solo manejaba la diplomacia con excelencia y conocía las enseñanzas de los filósofos griegos, sino que estaba comprometido con su desarrollo personal hasta el fin. Desde la prisión Mamertina en Roma, Pablo hace uno de sus últimos encargos a Timoteo antes de morir: “Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas en casa de Carpo, y los libros, mayormente los pergaminos” (2 Ti. 4:13). Está esperando la muerte por decapitación, ya que como ciudadano romano no puede ser crucificado. Le queda muy poco tiempo y lo sabe. Pide su capote para el frío, los libros y los pergaminos. Hasta el último instante estuvo ilustrándose. ¡Bendito ejemplo! Spurgeon escribió sobre esta petición paulina lo siguiente: “¡Él es inspirado, y sin embargo, necesita libros! ¡Ha estado predicando al menos por treinta años, y, sin embargo, necesita libros! ¡Tenía una experiencia más vasta que la mayoría de los hombres, y, sin embargo, necesitaba libros! ¡Había sido arrebatado al tercer cielo, y había oído palabras inefables que no le es dado al hombre expresar, y, sin embargo, necesitaba libros! ¡Pablo había escrito la mayor parte del Nuevo Testamento, y, sin embargo, necesitaba libros!”

Los pastores, obreros, evangelistas, maestros y todos los que llevamos el evangelio en este tiempo tenemos un desafío perenne: ¡ser profundos! Debemos consolidar nuestra devoción, pero también nuestra excelencia. No queremos asombrar con nuestro saber, sino edificar al pueblo santo. Pedro nos exhortó a añadir a la fe virtud y a la virtud conocimiento (2 P. 1:5). La pereza tiene que ser reemplazada por la solicitud. Las prioridades deben ser reestablecidas. Nuestros esfuerzos deben ser la oración y la ministración de la palabra (Hch. 6:4). Debemos ser escudriñadores diligentes, lectores voraces. “Maldito el que hiciere indolentemente la obra de Jehová” voceó Jeremías en su tiempo (Jr. 48:10ª).

Somos heraldos de Dios. Hagamos la obra del ministerio con santa dedicación, con la pasión de un Zelote, con la sensibilidad de un adorador. Leamos, seamos profundos y seremos eficaces. Entreguemos al pueblo de Dios esa palabra fresca que solo da el Señor a quien la anhela y la busca mediante la oración y la lectura comprometida. Si en aquella Isla sin libertad se forjó y creció una iglesia vigorosa y sabia. Si en aquel sitio de carencias se formó una poderosa cantera de ministros que están brillando por Cristo en Cuba y las naciones. Cuánto más en esta tierra española de oportunidades no se levantará un sacerdocio competente, que a través de su consagración y esfuerzo destaque por ser veraces, por ser profundos en Cristo Jesús.

Sobre el autor:

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Osmany Cruz Ferrer es cubano, ministro de las Asambleas de Dios de España. Bachiller en Teología y Biblia por el Seminario de las Asambleas de Dios (EDISUB). Es Licenciado en Teología y Biblia de la Facultad de Estudios Superiores de las Asambleas de Dios (FATES)  y Licenciado en Teología y Biblia con ISUM Internacional de Sprinfield, Asambleas de Dios. Actualmente concluye una Maestría con FIET. Ha sido en Cuba Pastor, Director del Instituto Bíblico de Asambleas de Dios, Vicedirector de la Dirección Nacional de Investigaciones Teológicas, presbítero y miembro del Consejo Ejecutivo del Distrito Occidental en La Isla. Desde 2011, Osmany Cruz reside en España junto a su esposa Leydi y sus hijos Emily, Nathaly, Valery y Dylan. En la actualidad desarrolla su ministerio como misionero, pastor, conferenciante itinerante, escritor y profesor titular en la Facultad de Teología de Asambleas de Dios, donde además, es el Secretario Académico y Vicedecano de comunicaciones.

 

 

 

 

 

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