El analfabetismo cristiano

analfabetismoPor: Alba Llanes.

La frase “analfabetismo cristiano” surgió en mi mente, a partir de haber leído un anuncio del E-Sword, el reconocido programa bíblico de distribución gratuita, en Internet, que citaba la frase “analfabetismo bíblico”. Rondó en mi mente durante largo tiempo, generando una serie de ideas que han sido plasmadas inicialmente en la serie de estudios sobre Didáctica Especial de la Teología que mi padre, el pastor Luis Llanes, y yo hemos estado publicando en el blog Didáctica de la Teología, de la Red de Blogs “Luz y Verdad”.

 Manifestaciones del analfabetismo doctrinal.

 Indiscutiblemente que una gran parte del “analfabetismo” cristiano se concentra en el área doctrinal. Otra parte considerable está centrada en el desconocimiento del contenido bíblico en sí, pero esto es tema para otro segmento. Ese “analfabetismo teológico o doctrinal” se traduce de varias maneras: a) un desconocimiento casi absoluto de las doctrinas bíblicas, en forma sistemática; b) un conocimiento parcial y mediatizado de las mismas; c) un desconocimiento de “herramientas” que permiten “cavar u ahondar” para “fundamentarse sobre la roca”; d) un conocimiento teórico de las doctrinas fundamentales, pero sin una verdadera aplicación práctica a la vida cotidiana.

En el primero de los casos, un gran número de creyentes carece de mínimos conocimientos sistemáticos sobre las doctrinas más fundamentales de la fe cristiana. Son incapaces de explicar, desde la propia Biblia, qué es la Salvación, cuáles son los atributos de Dios, o de qué manera obra el Espíritu Santo en la vida del ser humano. Estos son solo algunos ejemplos. Cuando se encuentran con personas que les preguntan sobre su fe, no pueden formular una explicación coherente y sencilla de la misma. Mucho menos hacerlo sobre las bases bíblicas correspondientes, usando al menos los textos bíblicos básicos adecuados que las respalden.

En el segundo de los casos, tenemos creyentes que llegan a repetir conceptos y datos recibidos a través de diferentes libros, predicaciones, etcétera. Sobre todo, de agentes mediáticos que predican lo que está de moda, y que acomodan el contenido bíblico y doctrinal a sus propias enseñanzas. ¿Un ejemplo concreto? Encontramos creyentes que son capaces de explicarle a usted todas las razones por las cuales Dios “quiere” que seamos ricos y prosperados materialmente. En un discurso más o menos coherente, hilvanan nociones de Confesión Positiva, aún de la mal llamada Metafísica, con textos y pasajes bíblicos descontextualizados. Sin discriminar la procedencia del abigarrado tejido de enseñanzas que han recibido, repiten sin cesar lo que aprendieron en uno más talleres, seminarios, retiros o encuentros. Sin embargo, son incapaces de comprender la anchura, profundidad y altura de “todo el consejo de Dios” revelado en las Sagradas Escrituras, en cuanto a este tema en particular, o cualquier otro. Lamentablemente, en estos casos, la corrección del conocimiento errado es sumamente difícil. Existe, en ellos, una especie de bloqueo hacia la verdad de Dios en toda su máxima expresión.

En el tercer caso, quizás el más generalizado, como lo hemos señalado más arriba, los creyentes carecen de los “instrumentos” y “herramientas” para “cavar y ahondar” a fin de encontrar la roca firme que servirá de fundamento para sus vidas y ministerios:

Primeramente, no asumen su nueva identidad en Cristo, y el hecho de que, en virtud del Nuevo Nacimiento, han sido dotados de la mente de Cristo, la cual se debe desarrollar en nosotros, crecer, hasta alcanzar “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. En el marco de este fenómeno, no tienen conciencia  de o no comprenden la obra iluminadora del Espíritu Santo en sus propias vidas, que los capacita para entender las cosas espirituales.

Por otra parte, carecen o tienen poco desarrollada la capacidad para indagar, investigar, analizar, comparar, llegar a conclusiones, aplicar el pensamiento crítico a las enseñanzas y predicaciones que reciben, o utilizar los mínimos recursos exegéticos y hermenéuticos para extraer, de la Biblia, los diferentes aspectos de la verdad revelada. Y hacemos una salvedad aquí: cuando hablamos de pensamiento crítico, no nos referimos a la actitud de crítica malsana y destructiva que, desde la amargura, el resentimiento, la ignorancia, el orgullo o la prepotencia, lleva a la persona a cuestionar y aún negar la verdad. Estamos refiriéndonos a la actitud y actividad que nos describe la propia Palabra de Dios, desde el Antiguo Testamento hasta el Nuevo: la que el propio Dios enseñó a Su Pueblo a través de Moisés (lea, por ejemplo, Dt. 13); la que nos legó el Señor Jesús cuando dijo “Por sus frutos los conoceréis” (Mt. 7:15-27); las que los apóstoles, inspirados por el Espíritu Santo de Dios, nos dejaron en sus escritos sagrados (1 Co. 2:6-16; 1 Ts. 5:21; 1 Jn. 4:1-3); las que nos dejaron como ejemplo los hermanos de Berea (Hch. 17:10-15).

En el cuarto y último caso, encontramos a un reducido número de creyentes que, con el transcurso de los años, han asimilado con menor o mayor eficacia, los conocimientos doctrinales y su consiguiente base bíblica. Pueden discutir con un mal llamado Testigo de Jehová acerca de la deidad de Cristo, y pueden enumerar con las consiguientes citas bíblicas los nombres atribuidos al Espíritu Santo, sin embargo, se hayan incapacitados para extraer las aplicaciones prácticas poderosas que transformen sus vida y los conviertan en mensajes vivientes, cartas abiertas del Señor Jesucristo. Pueden probar bíblicamente que Cristo es Dios, pero quieren manipularlo como al panteísta dios del Pensamiento Posibilista, para que haga lo que ellos quieran, y les conceda todos sus caprichos. Pueden citar cada uno de los nombres del Espíritu Santo de Dios, y ofrecer una variada gama de textos bíblicos para fundamentar su explicación, sin embargo sus vidas están carentes de la “unción del Santo” en toda su máxima expresión, y no comprenden las implicaciones prácticas que lleva el conocimiento de que el Espíritu de Dios, es “Espíritu de Verdad”, es “Consolador”, es “Espíritu Santo”. Como ha señalado el pastor David Wilkerson, conocen al “Espíritu de Poder” y aún saben desplegar sus dones, pero no tienen presente al “Espíritu de Verdad”, y se dejan arrastrar por “todo viento de doctrina”. Hablan del amor y la justicia de Dios, pero sus vidas no manifiestan ese amor y esa justicia en el quehacer cotidiano.

En otras ocasiones, son creyentes sinceros, consagrados, que tienen como meta agradar y obedecer a Dios, pero que no siempre son capaces de aplicar lo aprendido cuando les llegan los efluvios de nuevas interpretaciones, o las corrientes de nuevas doctrinas que se ponen de moda. Pero aún más, también pueden ser creyentes sinceros, consagrados al Señor, que vivan aferrados a enseñanzas y prácticas,  recibidas por tradición, que pretenden ser bíblicas, pero que en realidad han surgido y se han perpetuado en el tiempo, a partir de la carnalidad y el legalismo. Son sinceros hermanos que, confrontados con la verdad revelada en la Palabra, no son capaces de abrirse al cambio necesario, a la transformación espiritual que irremediablemente debe venir como producto del encuentro con la revelación escritural.

Causas del analfabetismo cristiano.

Ahora bien, ¿cuáles son las causas del analfabetismo cristiano? Creemos que este es, en definitiva, el producto de un conjunto de factores entremezclados que se han venido desarrollando a lo largo del tiempo. Pudiera hacerse una lista bastante larga de los mismos, pero vamos a resumir aquí algunos aspectos que consideramos importantes.

PRIMERA CAUSA: La reacción muchas veces extrema al excesivo intelectualismo doctrinal que ha predominado en ciertos sectores de la Cristiandad y en algunos períodos de la historia de la Iglesia, que ha plagado a la iglesia de especulaciones viciosas, discusiones estériles, y la ha vaciado de espiritualidad consistente, y de práctica cristiana poderosa.

Lamentablemente la reacción anti-intelectualista ha tendido a despojar a la Iglesia del sólido y necesario fundamento bíblico doctrinal, sobre el que debe asentarse todo el “edificio” de la vida cristiana en su dimensión colectiva eclesial, y en la dimensión individual de cada creyente. En esta terrible pulseada se ha sacrificado alternativamente, unas veces la ortopraxis[1], otras, la ortodoxia[2] y, la mayoría de las veces, ambas. Siempre se señala que el movimiento pietista, de finales del siglo XVII, fue la reacción natural a la esterilidad espiritual que generaron las controversias doctrinales surgidas a partir de la Reforma. Sin embargo, el relativo vaciamiento doctrinal que vino como resultado del énfasis pietista en la devoción y la piedad, trajo como resultado la vulnerabilidad doctrinal del movimiento que, a la larga, fue infiltrado y destruido por el liberalismo teológico.

SEGUNDA CAUSA: una tendencia mística y espiritualista que ha tendido a disociar los elementos intelectuales de los elementos afectivos de la fe cristiana. Este fenómeno se ha dado en diferentes épocas de la historia de la Iglesia, y se ha manifestado en diferentes grupos y movimientos cristianos, pero muy particularmente, en los últimos cien años aproximadamente, ha florecido en ciertos sectores del Pentecostalismo y del Carismatismo y, muy particularmente, en las corrientes neopentecostales y neocarismáticas de los últimos decenios.

Este fenómeno es el que efectúa también una disociación irracional entre “Palabra” (entendida como la Palabra de Dios escrita, la Biblia) y el “Espíritu” (entendido como el Espíritu Santo que actúa con poder). Ambos son colocados en un enfrentamiento inexistente, puesto que el Espíritu Santo es el autor de la Palabra, es el Espíritu de Verdad, el que inspiró sobrenaturalmente a los autores de la Palabra, para que tuviésemos en ella la Revelación escrita de Dios.

Este fenómeno es el que genera argumentos pseudobíblicos para menoscabar la importancia del conocimiento bíblico, como medio de crecimiento espiritual del creyente, y como salvaguarda del error. Es así como se esgrimen versículos sacados de contexto y mal interpretados.

¡Cuántas veces hemos escuchado: “Hermanos, no estudie tanto la Biblia, porque la letra mata más el espíritu vivifica.”! La manipulación de estas palabras del apóstol Pablo ha sido tal, que he escuchado a creyentes y a predicadores bien intencionados, tratando de defenderse de este “contundente” argumento “espiritual”. Las interpretaciones que han dado del versículo han sido peores que las de aquellos que lo mal usan para menoscabar la enseñanza cristiana. Ninguno de los mencionados entienden que, a la luz del contexto escritural, lo que Pablo está haciendo es una comparación entre el Antiguo Pacto mosaico y el Nuevo Pacto en Jesucristo, del cual él ha sido hecho “un ministro competente”. No hay en dicho pasaje ninguna alusión a alguna dicotomía entre el estudio de la Biblia y la operación sobrenatural del Espíritu Santo de Dios. Lea y analice 2 Corintios 3:1-18.

¡Cuántas veces también hemos escuchado aquello de “vosotros tenéis la unción del santo, y no necesitáis que nadie os enseñe…”! (Ver 1 Jn. 2:27). Y se esgrime este argumento para negar el ministerio de la enseñanza constituido por el propio Jesucristo y dado a la iglesia como regalo. Ni siquiera se lee el versículo 26, que aclara la intención del apóstol Juan: “Os he escrito acerca de los que os engañan”. No se analiza desde el versículo 18, en que se alerta a los creyentes sobre la actividad de los falsos maestros, llamados anticristos, a los cuales ellos no debían prestar atención, ni de los cuales ellos debían aceptar enseñanza. No se tienen en cuenta las circunstancias en que fueron escritas estas palabras – la controversia contra las doctrinas heréticas del docetismo y del incipiente gnosticismo -, ni el propósito del autor, de alertarlos sobre esas doctrinas heréticas. No analiza la enseñanza general del apóstol Juan, en sus escritos, en relación con la labor enseñadora del Espíritu Santo como Espíritu de Verdad, dador de la Palabra escrita. Tampoco se interpreta el pasaje a la luz de la enseñanza general neotestamentaria, en relación con la constitución de maestros cristianos, el don de la enseñanza, la acción iluminadora del Espíritu, etcétera.

El terror al hecho de que “el conocimiento envanece” hace olvidar el mandato bíblico de crecer “en la gracia y el conocimiento del hijo de Dios”. Sí, el conocimiento envanece cuando la carnalidad predomina, pero la verdadera espiritualidad de todo hijo de Dios hunde sus más preciadas raíces en el conocimiento íntimo de Dios a través del estudio y meditación de las Escrituras, a través de la oración, y a través de la práctica de la vida cristiana enteramente fundamentada en la Palabra.

TERCERA CAUSA: la puesta en práctica más o menos consciente de un lema que viene, desde hace años, permeando a las últimas generaciones cristianas: “La doctrina separa; el amor nos une”. Es cierto que las controversias doctrinales, – la mayoría de las cuales tienen que ver con cuestiones secundarias de la fe cristiana -, han traído amargas contiendas y divisiones en el seno de la Iglesia cristiana. Pero los hechos contingentes de la carnalidad humana manifestados en estos tristes episodios no pueden opacar jamás, ni mucho menos desautorizar, la amplia y profunda enseñanza bíblica sobre la necesidad de edificar la Iglesia y la vida cristiana sobre el fundamento sólido del conocimiento integral de la Palabra de Dios. La experiencia, mala o buena, nunca puede suplantar a la Palabra.

Estos fenómenos anteriormente descritos han traído como resultado el paulatino vaciamiento del contenido de la enseñanza cristiana, sobre todo en las nuevas modalidades educativas cristianas implementadas en las iglesias. La tradicional Escuela Dominical, considerada obsoleta por muchos, tenía generalmente la ventaja – sobre todo cuando funcionaba integralmente -, de que ofrecía al creyente la posibilidad de una preparación bíblica, doctrinal y devocional sistemática y consistente. Su desaparición paulatina ha dejado en muchas congregaciones un vacío en materia educativa, sobre todo para los adultos, que en muchos casos no ha sido llenado con algún programa alternativo.

Por otra parte, los programas de discipulado o de estudios celulares que muchas veces han venido a sustituir a las viejas instituciones educativas cristianas, no siempre llenan el cometido de ofrecer una preparación integral, que incluya el aspecto doctrinal y bíblico, junto con el devocional y el práctico. Lamentablemente, la tendencia predominante es enfatizar estos dos últimos aspectos, en detrimento de los dos primeros. O, como ocurre en ciertos casos, se introduce como conocimiento doctrinal y bíblico, nuevas doctrinas con apariencia bíblica pero que, en el fondo, rayan muchas veces en lo herético.

 Consecuencias del analfabetismo cristiano.

 La consecuencia radical del analfabetismo cristiano es: a) la triste sucesión de generaciones de creyentes cristianos débiles en la fe, afectados por el enanismo espiritual, por la fragilidad de su fe, entendida como aceptación convencida de las verdades reveladas en la Palabra de Dios; b) la proliferación de una excesiva cantidad de “niños espirituales fluctuantes, llevados por doquier de todo viento de doctrina” (Ef. 4:14), de los cuales falsos maestros (y predicadores) “por avaricia, hacen mercadería” (2 Pedro 2:3), y muchas veces terminan siendo arrebatados por “lobos rapaces”, que se introducen encubiertamente en el “rebaño”, disfrazados de “corderos” o de “pastores” (Hch. 20:28,29).

Las soluciones para esta problemática no son mágicas. Es necesario que el liderazgo cristiano comprometido abra los ojos, amplíe la visión espiritual, tome conciencia del peligro permanente que corren las almas de aquellos que vienen a los pies de Jesucristo y llegan a ser parte de la Iglesia del Señor, de la necesidad que tiene cada creyente de crecer en la gracia y en el conocimiento del nuestro Señor Jesucristo. Y es mucho más necesario que ese liderazgo actúe consecuentemente con la vocación a la cual ha sido llamado. Unos 2000 años atrás, el apóstol Pablo, de camino a Jerusalén, en los finales de su tercer viaje misionero, recordó a los ancianos de las iglesias establecidas en el Asia Menor: “Porque no he rehusado anunciaros todo el consejo de Dios” (Hch. 20:27). ¡Qué precioso sería que todos aquellos que se encargan, en maneras diferentes, del ministerio de la Palabra, hicieran suyas estas palabras de Pablo! Quizás así, comenzaría a ver revertido este fenómeno del analfabetismo cristiano, que tanto daño ha causado y causa a la Iglesia.

[1] Ortopraxis: práctica correcta. Aquí se refiere a la práctica de vida cristiana vivida de la manera correcta, tal y como lo establece la Palabra de Dios.

[2] Ortodoxia: doctrina o enseñanza correcta. Aquí se refiere a la sana doctrina cristiana, fundamentada en la Palabra de Dios.

Sobre la autora:

Alba LlanesAlba Lys Llanes Labrada es cubana, radicada en Argentina como misionera. Es ministro licenciado de la Unión de las Asambleas de Dios argentinas, diplomada en Biblia y Teología, por el Seminario Teológico Nazareno de La Habana,  profesora en Castellano, Literatura y Latín, por el Instituto de Educación Superior Del Atuel, de San Rafael, Mendoza, Argentina, y tiene realizados estudios incompletos en Inglés, Ciencias Sociales y Computación, del Chaffey College, en Rancho Cucamonga, California. Ha servido en el área de la enseñanza y predicación cristianas en Cuba, Argentina, Estados Unidos y México. Fue cofundadora, junto a sus padres, del EDISUB, el Instituto Bíblico de las Asambleas de Dios en Cuba, directora del Instituto Bíblico Maranatha, en Los Ángeles, California, redactora y editora de la Revista Fe y Acción para World Mission Maranatha, en Estados Unidos. Actualmente es maestra, predicadora y conferencista en seminarios e iglesias, en Argentina y Chile. Es profesora del Instituto Bíblico Patagónico y del Instituto Bíblico Mediterráneo (Unión de las Asambleas de Dios), del Seminario Teológico Sion (Iglesia Wesleyana), del programa itinerante de Estudios Teológicos a Distancia (Iglesia del Nazareno),  y de la Facultad Teológica de la Iglesia de Dios.

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